Cuando el guionista se queda solo con las llaves del set, el resultado se nota
Vuelvo a la sala con expectativas altas y la sensación de que la secuela de "La red social" tropieza justo en el lugar donde menos esperaba: en la silla del director, ocupada otra vez por Aaron Sorkin.
El lunes a la noche, en la fila de la sala 4 del complejo de la calle Lavalle, un chico con auriculares le decía a su amiga que esperaba con ansiedad esta película porque había visto "La red social" como una especie de ritual de adolescencia, y que la idea de volver a ese universo, con todo cambiado, le parecía una promesa irresistible. La amiga, en cambio, iba con cierto recelo, y le repetía que cuando un mismo autor escribe y dirige sus propios guiones suele quedar muy poco margen para el error. Salí de la proyección con la sensación de que los dos tenían razón a medias y de que, en realidad, la discusión está servida hace rato, porque la nueva película de Aaron Sorkin no termina de estar a la altura del antecedente que le da origen.
Un autor que se sabe el problema
El problema central, según la crítica especializada que vio el filme de avanzada, no está en el guión sino en quien lo dirige. Sorkin tiene un historial dispar como realizador: "Molly's Game" fue recibida con cierta benevolencia, pero sus trabajos siguientes confirmaron que los mejores resultados de sus textos llegaron cuando otros directores los pusieron en escena. David Fincher en "La red social", Danny Boyle en "Steve Jobs" y Rob Reiner en "Algunos hombres buenos" supieron contener y redirigir sus excesos, y la diferencia entre esas películas y las que Sorkin dirige solo se nota a primera vista y a oído.
Sin esa tensión externa, "El precio de la red" muestra lo que ocurre cuando el guionista tiene control total. Hay largas secuencias de diálogo que existen principalmente porque suenan bien leídas en voz alta, como si la película estuviera pensada para un podcast más que para una sala de cine. Las escenas de interiores presentan problemas de iluminación notorios, algo llamativo si tenemos en cuenta que el director de fotografía es el mismo que trabajó en "La red social" y sabe de sobra cómo se hace esa labor. No hay urgencia en el montaje ni imágenes que trasciendan lo funcional, y eso pesa sobre el conjunto.
- Hay soliloquios extensos que nadie en la sala necesita escuchar dos veces.
- Los interiores están mal resueltos en lo visual, con una iluminación que distrae más de lo que acompaña.
- Falta un realizador externo que discipline el idealismo de Sorkin y le marque los tiempos del relato.
- Se perciben ecos de "The Newsroom" y de un proyecto sobre el 6 de enero que el autor viene arrastrando hace años.
- El guión tampoco termina de salvarse, porque repite los problemas ya visibles en su trabajo previo como director.
“Sorkin es un guardia de tráfico con los brazos caídos mientras los autos derrapan y atropellan todo.”Bill Burr, personaje de "El precio de la red"
Yo salí de la sala con la sensación de que esta película funciona, sobre todo, como una secuela declarada de "La red social" de 2010, y como un espejo de los tiempos que corren, donde las redes sociales ya no son la novedad disruptiva sino la infraestructura cotidiana de casi cualquier conflicto. La película levanta temas enormes, pero los trata con la solemnidad algo ingenua de quien todavía cree que alcanza con decir la verdad en una sala de tribunal para que el mundo cambie de rumbo, y eso, lejos de conmover, deja al espectador con la incómoda impresión de estar escuchando un sermón. La película contiene incluso esa frase, ya visible en los tráileres, que el personaje de Bill Burr dice como si fuera un diagnóstico ajeno y que, en realidad, termina describiendo al propio Sorkin con bastante justeza.
A la salida, en la puerta del cine, un señor mayor que iba solo le decía al acomodador que no entendía por qué un guionista tan sólido se empecina en dirigir él mismo sus historias, porque cuando lo hace se le nota la debilidad por las palabras en detrimento de las imágenes, y el muchacho del candy le contestaba, ya con las bandejas recogidas, que algo de eso había, pero que igual había que reconocerle el intento. Me quedé pensando en eso mientras caminaba hacia la esquina, porque creo que resume bastante bien lo que deja esta película: un autor que sabe lo que quiere contar, pero que insiste en contarlo él mismo sin pedirle ayuda a nadie, y un público que, otra vez, termina pagando el precio.
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