Después de los 40, la conversación que muchos hombres todavía evitan
El cáncer de próstata avanza en silencio y los especialistas insisten en empezar a hablar de los controles antes de los 55, sobre todo cuando hay antecedentes en la familia o ciertas mutaciones genéticas que cambian el escenario.
Me lo dijo un amigo la semana pasada, mientras tomábamos un café en una confitería de Palermo: «Mi viejo se hizo el análisis de sangre recién cuando le dolía la cintura y ya era tarde». Esa frase me quedó rebotando en la cabeza mientras leía los últimos números globales del cáncer de próstata, porque la historia que él me contaba no es una excepción: es, tristemente, la regla. El tumor avanzó durante años sin dar señales y cuando aparecieron las molestias, el escenario ya estaba complicado. Por eso los urólogos insisten en algo que suena simple pero cuesta poner en práctica: hablar con un médico antes de que el cuerpo avise.
Según las estimaciones de GLOBOCAN correspondientes a 2022, ese año se registraron en el mundo 1.467.854 diagnósticos nuevos y 397.430 muertes por cáncer de próstata. Representó el 7,3% de todos los casos oncológicos y fue el segundo tumor más frecuente entre los hombres, con diferencias marcadas según la región. En Argentina, las cifras locales vienen mostrando una tendencia similar: cada vez más hombres consultan, pero muchos lo hacen cuando la enfermedad ya pasó la etapa localizada.
Por qué se escapa de las manos
El dato clave, el que resume por qué este cáncer preocupa tanto a los especialistas, es que los tumores localizados suelen crecer sin dar síntomas. Cuando aparecen las primeras molestias urinarias, el dolor o las molestias óseas, la enfermedad puede llevar tiempo avanzando en silencio. Por eso la estrategia médica se corrió del «esperar las señales» al «evaluar el riesgo individual antes de que aparezcan».
Y ahí entran en juego tres variables que conviene tener claras. La primera es la edad: a mayor edad, mayor probabilidad de desarrollar la enfermedad. La segunda son los antecedentes familiares: tener un padre, un hermano o un abuelo con este diagnóstico eleva el riesgo de manera concreta. La tercera son los genes: las mutaciones en BRCA2, que mucha gente vincula con el cáncer de mama, también se asocian a tumores prostáticos de comportamiento más agresivo. Saber si se porta esa mutación cambia la conversación con el médico.
- Riesgo elevado (antecedentes familiares, mutaciones en BRCA2, etnia afrodescendiente): la consulta sobre controles puede iniciarse entre los 40 y los 45 años, según la recomendación de Mayo Clinic.
- Población general: entre los 55 y los 69 años, el Grupo de Trabajo de Servicios Preventivos de Estados Unidos propone una decisión individual, evaluando junto con un profesional los beneficios y las limitaciones del análisis de PSA.
- Mayores de 70: ese mismo organismo no recomienda el tamizaje sistemático.
El PSA, que mide una proteína presente tanto en células prostáticas normales como en células tumorales, es la herramienta más usada para empezar a mirar. Pero hay que leerlo con cuidado: un valor elevado no confirma cáncer, sino que puede justificar estudios adicionales. Un ejercicio intenso el día anterior, una inflamación prostática, una biopsia reciente o el uso de medicamentos como finasterida o dutasterida pueden alterar el resultado. Por eso, ante un PSA alterado, la indicación habitual es repetir la prueba antes de avanzar hacia una resonancia magnética o una biopsia.
Lo que más me quedó dando vueltas, mientras terminaba de leer todo el material, fue una frase que le escuché a un médico mientras salía del consultorio de un amigo: «Acá el problema no es la enfermedad, es que llegamos tarde». Tiene razón. Mientras los hombres sigan esperando a que algo duela para sentarse frente a un profesional, las estadísticas van a costar mucho más que moverse. La conversación, insisto, empieza mucho antes de los 55.
