El actor inglés que estuvo a punto de sentarse en el sillón de Charlie Sheen (y por qué se levantó a último momento)
Hugh Grant rechazó 750 mil dólares por capítulo y una semana de cuatro días para sumarse a «Dos hombres y medio». Las memorias de Chuck Lorre reconstruyen una de las decisiones más curiosas de la historia reciente de la sitcom estadounidense.
Le juro que lo primero que pensé, cuando me crucé con esta historia, fue en la señora que tengo todos los jueves en el turno tarde del café de la esquina: ella me repite, cada vez que puede, que Ashton Kutcher «siempre fue un reemplazo» en «Dos hombres y medio», y que la serie nunca volvió a ser lo mismo después de Charlie Sheen. Bueno, hoy puedo contarle que no fue por falta de opciones: el hombre al que Lorre y Aronsohn quisieron sentar en ese sillón era nada menos que Hugh Grant, el actor inglés con cara de eterno enamorado tímido que toda mi generación vio en «Notting Hill» y «Cuatro bodas y un funeral», y la oferta que tenía sobre la mesa era, cuando menos, tentadora para cualquiera.
La novela arranca en 2011, cuando Charlie Sheen se fue de CBS dando un portazo que recorrió todo Hollywood y dejó a los productores de «Dos hombres y medio» con el problema más codiciado y más incómodo de la televisión estadounidense: cómo mantener vivo uno de los programas más vistos de la pantalla chica sin su protagonista histórico. La búsqueda, según reconstruye Chuck Lorre en un adelanto de sus memorias tituladas «Sitcom», lo llevó directamente hasta Grant, con quien se reunió junto a su socio de siempre, Lee Aronsohn.
Una oferta concreta y un miedo inesperado
Cuenta Lorre que él y Aronsohn escribieron un par de escenas de prueba para mostrarle al actor cómo sería su personaje, y que la propuesta económica estaba a la altura de las circunstancias: 750 mil dólares por episodio, con una jornada laboral de apenas cuatro días por semana. Era, en los papeles, un arreglo de los que cuesta decir que no.
El problema, claro, no fue el dinero ni los días de filmación: fue un miedo genuino que el propio Grant les confesó en la reunión. El actor les dijo que actuar frente a un público en vivo, ese recurso clásico de las sitcoms norteamericanas, le generaba un temor real. Lorre, siempre práctico, le ofreció una salida elegante: grabar sin público en el plató y sumar las risas en la posproducción, un truco que la industria conoce al revés y al derecho.
El contrato en la mano y la decisión final
Con ese acuerdo ya pactado, Grant llegó a tener el contrato listo para firmar. Según el relato del creador de la serie, el actor estuvo a punto de estampar la rúbrica, pero en el último momento se levantó de la reunión, dejó de responder los mensajes y, poco después, su entorno hizo saber que había desistido del compromiso. La serie, claro, no se quedó esperando: incorporó a Ashton Kutcher desde la temporada 9, estrenada en septiembre de 2011, y Kutcher permaneció al frente del ciclo durante cuatro temporadas más, hasta el final definitivo del programa en febrero de 2015.
“Me dijo que actuar frente a público en vivo le daba un miedo genuino. Le ofrecimos grabar sin audiencia y sumar las risas después. Tuvo el contrato en la mano y se fue.”Chuck Lorre, en sus memorias «Sitcom»
Una pregunta que queda flotando en el aire
La anécdota ve la luz ahora, más de una década después, gracias al libro de memorias que Lorre está terminando de escribir, y se convierte en una de las pocas veces en que el creador se anima a hablar en detalle de los momentos más turbulentos de la producción. Lo que uno se queda preguntando, mientras mira la taza de café vacía y piensa en cómo hubiera sido ver a Grant discutiendo con el personaje de Jon Cryer, es algo que me plantearon varios lectores al pasar: ¿hubiera cambiado algo el rumbo de la serie con él como protagonista? No hay respuesta posible, porque la historia eligió otro camino. Pero a la salida del cine, una chica que esperaba el colectivo me dijo algo que me dejó pensando: «A veces, el que se va es más interesante que el que se queda». Y, miren, tenía razón.
