Helmut Ditsch, el pintor de los glaciares, se convierte en cineasta para exorcizar la pérdida de las dos mujeres de su vida
El artista argentino más cotizado del mundo llega al Festival de Cine de Mar del Plata con una ópera prima autofinanciada con la venta de sus propios cuadros, rodada durante ocho años en cinco países y dedicada a su madre y a su esposa, muertas ambas de cáncer de mama antes de los 36 años.
Yo había escuchado de Helmut Ditsch lo que escucha casi todo el mundo: que era un tipo que pintaba glaciares con una precisión insana y que sus cuadros se pagaban en subastas europeas a precios de escándalo. Pero lo que no sabía, lo que supongo que muchos no sabían, es que ese mismo artista llevaba casi una década trabajando en silencio en otra cosa, una película, y que esa película contaba algo mucho más íntimo que la naturaleza congelada que pintaba. La película se llama "Helmut. El hielo y la eternidad transitoria" y va a tener su estreno mundial el 6 y 7 de noviembre en el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, en el marco de la 41.ª edición del único festival de categoría A que tiene Argentina, y te juro que cuando terminé de interiorizarme con la historia me tembló un poco la mano mientras tomaba notas.
Una búsqueda que arrancó en el duelo
La película nace de un golpe doble que la vida le dio a Ditsch. Primero fue su madre, Inge, que murió a los 33 años. Después, muchos años más tarde, fue su esposa Marion, que falleció alrededor de los 35. Las dos, y esto es lo que más pesa en la historia, murieron de cáncer de mama. Cuando Marion murió en 2009, Ditsch dejó de pintar y se metió en una búsqueda que lo llevó por los Alpes y por los Andes, caminando unos 11.000 kilómetros en total, con una misión concreta: encontrar un lugar donde depositar las cenizas de su mujer, tal como ella se lo había pedido. Y acá viene el giro que da origen a toda la película: cuando por fin creyó haber encontrado ese sitio, sintió que algo no cerraba, que el lugar no estaba a la altura del amor que estaba homenajeando. "Ese lugar tenía que ser una obra de arte", recuerda él, y en esa frase aparece, como si fuera un destello, todo el resto del proyecto.
Yo creo que ahí, en ese momento en el que la geografía no le alcanza para contener la ausencia, se entiende por qué un pintor de glaciares decide de pronto meterse en el cine. Porque el hielo, su materia prima desde siempre, no era solo un paisaje: era una forma de hablar de lo que dura y de lo que se termina, del tiempo y de la eternidad, y un día entendió que necesitaba otra herramienta para decir lo que quería decir.
Ocho años, cinco países y seis millones de euros autofinanciados
El rodaje se extendió por ocho años y recorrió locaciones en Malta, Cerdeña, Viena, los Alpes, Tenerife y el salar de Uyuni. El presupuesto arrancó en tres millones de euros y terminó cerca de los seis millones, todos financiados con la venta de los propios cuadros de Ditsch. El dato me parece casi insólito en los tiempos que corren: un artista que paga su película con su propio trabajo plástico, y que encima vuelve a pintar, después del 2009, una obra de gran formato hecha especialmente para el filme y filmada desde el lienzo en blanco hasta el último trazo, como si quisiera dejar registro de que la pintura y el cine, en su vida, son la misma búsqueda.
Elenco y equipo: una codirectora que daba la perspectiva que faltaba
Ditsch buscó durante mucho tiempo a las actrices que encarnaran a las dos mujeres de su vida. La elegida terminó siendo Jeanne Goursaud, que tiene los rasgos físicos que él asocia con su madre y con su esposa. Joaquín Berthold interpreta al alter ego joven del protagonista. Y hay un detalle que me parece muy revelador: Ditsch no dirigió solo. La codirección quedó en manos de la pintora Suzy Prauss, porque él mismo sintió que, para contar una historia centrada en dos mujeres, hacía falta una mirada que él, como hombre, no podía completar solo.
Antes de decidirse a ponerse frente a la cámara, Ditsch había pensado en otro actor para el papel protagónico. Un colega de la industria le dijo que nadie más podía interpretar ese rol y le recomendó que él mismo lo dirigiera. "Si no, iba a salir otra cosa", cuenta, y esa frase me parece la mejor definición posible de qué es una autobiografía cuando se transforma en cine.
Lo que me llevo a la salida
Yo salí de leer todo esto con una sensación bastante particular, la de que estaba ante un artista que durante décadas pintó cosas eternas, glaciares que parecen no moverse nunca, y que de golpe entendió que la eternidad no existe, que lo transitorio es lo único real, y que había que hacer una película para demostrarlo. Una señora con la que hablé después me dijo algo que me quedó dando vueltas: "Hay gente que pinta para no llorar, y gente que filma para no callar". Y la verdad es que con esta ópera prima de Ditsch, por lo que se cuenta, pasa un poco de las dos cosas.
