La invitación que Wilde le tomó a Cesc Gay y convirtió en otra cena, más íntima y más abierta
La directora reformula el filme original conservando la estructura de la velada que se descontrola, pero reescribe a sus personajes y se permite un cierre más reflexivo, casi un susurro donde el original apostaba al golpe.
A mí me lo contó Marta, una vecina que no se pierde ninguna estreia y que salió del cine con la cara de quien todavía estaba procesando lo que acababa de ver: 'Es la misma historia, pero no es la misma película', me dijo, mientras se ajustaba el pañuelo y se quejaba del frío de la noche. Yo la entendí perfectamente, porque después de verla me pasó algo parecido, esa sensación de reconocer los muebles pero no la casa. La nueva versión de "Sentimental" que firma Olivia Wilde y que en Hispanoamérica se conoce como "La invitación" arranca exactamente igual que el filme de Cesc Gay que le dio origen: una pareja acepta una cena con vecinos que apenas conoce y termina enredada, durante una noche cerrada en un departamento porteño de Manhattan, en todo lo que venía evitando decirse sobre su propio matrimonio. La estructura argumental repite los mismos hitos, el músico frustrado que se entera tarde de los planes, la vecina que aparece desnuda frente a su ventana, la sesión improvisada con la psicóloga, pero lo que cambia es el clima, la piel de la historia.
Wilde le imprime a la puesta en escena una libertad que el original, más teatral y contenido, no tenía. La cámara ya no observa la cena como si fuera una obra de teatro filmada, sino que se mete debajo de la mesa, se corre cuando la discusión sube de tono y vuelve cuando alguien se queda callado en una esquina del living. Los actores tienen espacio para moverse, para equivocarse dentro del encuadre, para no quedar petrificados en sus marcas. Es un trabajo de dirección que apuesta a lo gestual más que al gag, y eso se nota desde la primera copa.
Los personajes dejan de ser sketches
Lo más interesante, a mi criterio, es lo que la directora hace con la construcción de personaje. El papel que interpreta ella misma gana un pasado que en la versión de Gay apenas se insinuaba, referencias a una carrera artística abandonada que se deslizan en comentarios al pasar, en la manera en que mira un cuadro colgado en la pared, en un gesto mínimo con las manos cuando sirve el vino. Es el tipo de detalles que en el original pertenecían a otro registro, más caricaturesco, y que acá se vuelven casi autobiográficos. El personaje de Edward Norton también se enriquece con un pasado que explica esa actitud suya tan deliberadamente despreocupada, como si llevara años entrenándose para no parecer afectado por nada, y de pronto uno entiende por qué se abrocha tan lento el saco cuando la noche empieza a complicarse.
El poliamor como fractura, no como escándalo
El punto de quiebre más significativo respecto al material original llega cuando se revela que la pareja que forman Norton y Penélope Cruz tiene, en los hechos, una relación poliamorosa. En la versión de Cesc Gay esa revelación funcionaba como una pequeña bomba con onda expansiva, generaba rechazo inmediato y descolocaba al matrimonio protagonista. Acá, en cambio, el personaje que interpreta Seth Rogen reacciona con curiosidad mezclada con inseguridad, se queda mirando la escena como quien no termina de decidir si quiere mirar, y eso vuelve mucho más visible la fractura interna que ya venía insinuándose entre él y Wilde desde el primer plato. Esa decisión narrativa es la que habilita el cambio de tono del tramo final, donde la comedia empieza a cederle la palabra a un drama más reflexivo, más lento, más atento a los silencios.
Un final que apuesta al susurro y no al portazo
Y es justamente en el cierre donde "La invitación" se distancia con más claridad del original. Si en "Sentimental" la noche terminaba en un sexo aparentemente reconciliador, casi como un portazo emocional que dejaba a los personajes exhaustos del lado equivocado de la madrugada, acá la escena final es otra cosa, más discreta, más ambigua, más difícil de etiquetar. Rogen retoma el piano que había dejado de tocar mucho tiempo atrás, esos dedos que aparecían torpes al principio de la velada vuelven a la tecla, y Wilde se le sienta al lado y empieza a tocar junto a él, sin mirarse, apenas acomodándose al ritmo del otro. La imagen es emocionalmente más cargada que un encuentro sexual, y al mismo tiempo está deliberadamente abierta sobre lo que significa ese momento para los dos, si es reconciliación, si es despedida, si es un ensayo de algo que todavía no tiene nombre. Yo salí del cine sin saber si estaban empezando de nuevo o despidiéndose para siempre, y me pareció la mejor escena de la película.
¿Esa ambigüedad en el final suma o le quita fuerza al cierre de la historia? A mí, personalmente, me parece que le suma. Lejos de debilitar el desenlace, esa apertura obliga al espectador a quedarse pensando un rato largo en la escalera, en el colectivo, en la cama antes de dormir, en qué harán esos dos personajes cuando se apague la música. Pero entiendo que a Marta no la terminó de convencer: 'Me gusta más cuando una película me dice cómo termina', me dijo mientras pedíamos un taxi. Habrá que volver a verla para saber a quién le terminamos haciendo caso.
