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Martes, 13 de octubre de 2026
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Las señales que pueden salvar una vida: cómo advertir el riesgo de suicidio en jóvenes argentinos

Entre 2017 y 2025 los suicidios en Argentina crecieron un 57,7% y se convirtieron en la principal causa de muerte entre los 15 y los 34 años. La psicóloga María Fernanda Azcoitía, directora del Centro de Asistencia al Suicida de Buenos Aires, explica que el proceso nunca es repentino y que familiares, docentes y amigos pueden advertir indicios a tiempo si saben qué observar y, sobre todo, cómo escuchar.

Por Belén GiménezCultura y espectáculos · · hace 35 d
Las señales que pueden salvar una vida: cómo advertir el riesgo de suicidio en jóvenes argentinos

Yo estaba convencida de que iba a encontrar una nota técnica, llena de gráficos y de cifras frías, y en cambio me encontré con una entrevista que duele de una manera particular, porque toca un tema que nos atraviesa como sociedad y que, sin embargo, seguimos tratándolo como un tabú del que cuesta hablar en voz alta. En la Argentina, 5.209 personas murieron por suicidio en 2025, mientras que ocho años antes, en 2017, esa cifra era de 3.304. El aumento del 57,7% no es un dato menor: convierte al suicidio en la primera causa de muerte entre los 15 y los 34 años, por encima incluso de los accidentes de tránsito, y eso debería obligarnos a detenernos un rato a pensar qué está pasando con nuestros pibes y con nuestros jóvenes adultos.

La tasa nacional pasó de 8,2 a 11,8 casos cada 100.000 habitantes en ese período, y la psicóloga María Fernanda Azcoitía, directora del Centro de Asistencia al Suicida de Buenos Aires, me lo dejó muy claro al teléfono: la Argentina no es una excepción en el mundo, sino parte de un fenómeno global que la propia Organización Mundial de la Salud viene alertando desde hace años, con un crecimiento sostenido de la depresión y del suicidio que se repite de norte a sur.

La pandemia dejó a muchos jóvenes sin herramientas para volver

Azcoitía, que trabaja hace décadas acompañando a personas en crisis, me señaló que el período de aislamiento social dejó una marca particular en quienes transitaban la escuela secundaria, y la frase me quedó dando vueltas. Para algunos chicos con dificultades previas para vincularse, el regreso a la presencialidad plena implicó enfrentar de golpe exigencias sociales y emocionales para las que no tenían recursos desarrollados, y eso, multiplicado por miles de aulas en todo el país, fue como una bomba de tiempo silenciosa que todavía estamos pagando.

“El suicidio siempre es multicausal, nunca hay una sola razón.”María Fernanda Azcoitía, psicóloga y directora del CAS de Buenos Aires

No buscar una sola causa, sino entender la combinación

La especialista fue muy enfática en rechazar las explicaciones simples o periodísticas de una sola causa: para ella, los factores psicológicos, relacionales, familiares y biológicos se combinan de manera única en cada persona, y aunque el deterioro económico, una ruptura amorosa o un conflicto escolar pueden formar parte del contexto, ninguno por sí solo alcanza para explicar una muerte. Esa mirada integral me parece clave a la hora de escribir esta nota, porque nos obliga a abandonar la idea del “por algo será” y a entender que el riesgo se construye de a poco, como una pared que se levanta ladrillo por ladrillo.

Qué observar: los cambios respecto del patrón habitual

  • Prestar atención a los cambios respecto de la conducta habitual: un adolescente que siempre fue expansivo y de pronto se aísla, o uno que era inhibido y aparece con conductas disruptivas, merece atención.
  • Tener en cuenta que el aislamiento por sí solo no es un indicador definitivo: lo que importa es la diferencia con el patrón previo de cada persona.
  • En jóvenes adultos que viven solos, la detección suele recaer en compañeros de trabajo o amigos, por lo que esos vínculos también deben estar atentos.
  • Considerar como factores que elevan el riesgo el uso de redes sociales como único canal de comunicación, las adicciones, los trastornos de la alimentación, el bullying, los abusos y los conflictos familiares.
  • Evitar una condena general de las plataformas digitales, pero sí observar su impacto cuando desplazan otros vínculos y cuando la persona que las usa ya es vulnerable.

Azcoitía además subraya algo que a mí, como periodista, me parece central: el proceso nunca ocurre de un día para otro, y aunque el material de base con el que trabajo queda interrumpido justo cuando la especialista empieza a desarrollar cómo se despliega ese proceso, lo que ella alcanzó a dejarme es que siempre hay un recorrido previo, casi siempre con señales, y que la diferencia entre una tragedia y un acompañamiento a tiempo suele estar en si alguien del entorno se animó a preguntar, a escuchar sin juzgar y a tomar en serio lo que estaba viendo.

Cuando colgué el teléfono me quedé pensando en una frase que escuché hace poco a la salida de un colegio, mientras esperaban los padres de los alumnos más chicos: “No le tenemos miedo al coronavirus, le tenemos miedo a no ver lo que les pasa a los chicos”. Esa es, me parece, la madre de todas las batallas, y la nota de hoy no busca alarmar sino, justamente, ayudarnos a ver un poco mejor lo que tantas veces tenemos delante de los ojos y preferimos no mirar.

BG
Belén GiménezCultura y espectáculos

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