Miedo a volar, según Estol: por qué la cabeza se acelera antes del despegue y cómo bajarle el volumen
El neurólogo desglosó las claves para dimensionar el temor: mirar una app de rastreo de vuelos, entender las turbulencias en aire claro y dejar el alcohol fuera de la estrategia.
Lo que se siente en el avión muchas veces empieza mucho antes de pisar la pista. El check-in, la fila de migraciones, el apuro por llegar al aeropuerto: todo puede quedar pegado a la ansiedad del viaje. El neurólogo Conrado Estol lo explicó así en su última intervención pública y dejó varias pistas para ponerle un freno a ese estado.
Según el especialista, la anticipación del embarque puede alimentar el malestar, sobre todo cuando se suma la claustrofobia. La buena noticia es que existen recursos concretos para correrle el foco al miedo y pensar el vuelo con otra cabeza.
Cinco herramientas para desdramatizar un vuelo
- Mirar una app de seguimiento aéreo: sirve para dimensionar cuántos aviones circulan por el mundo en simultáneo y ubicar el propio vuelo dentro de ese movimiento cotidiano.
- Diferenciar las turbulencias: las hay asociadas a tormentas y otras que aparecen con cielo despejado, así que las sacudidas no siempre avisan mal tiempo.
- Tener en cuenta la duración: los episodios fuertes suelen extenderse durante segundos o algunos minutos, aunque la cabeza los imagine como horas.
- Comparar con un viaje en tren: prestar atención a los movimientos que se toleran sobre rieles ayuda a relativizar los del avión.
- Confiar en los pilotos y la cabina: cuentan con herramientas para identificar fenómenos meteorológicos y desviar el recorrido, mientras los protocolos de a bordo reducen las distracciones.
Estol insistió en un punto que suele quedar tapado por los ansiolíticos o el copazo de antes del despegue: el alcohol está contraindicado para sobrellevar el temor. El médico advirtió que la bebida puede provocar insomnio y deshidratación, justo lo contrario de lo que se necesita para llegar bien a destino.
En mi barrio, en uno de esos edificios de siempre a tres cuadras de la plaza San Martín, la vecina Marta, de la planta baja, me confesaba la semana pasada que tiene un viaje programado a Bariloche y ya está buscando cómo cancelar la reserva. Dice que no le teme al avión en sí, sino al momento previo: a la espera, a la fila, al olor del aeropuerto. Cuando le pasé los tips de Estol, sobre todo lo de mirar la app de vuelos, se quedó pensando. Y eso ya es un avance.
La postura del neurólogo fue clara: el miedo no puede terminar mangoneando las vacaciones ni los planes. Conocer las estadísticas de seguridad no borra la respuesta emocional, pero sí permite ponerla en perspectiva. Es, en el fondo, un ejercicio de realismo: cada minuto hay miles de aviones cruzando el cielo, y la enorme mayoría llega sin sobresaltos.
El reclamo queda planteado para quienes todavía eligen el atajo del trago antes de abordar: el alcohol no calma, descompensa. Quien tiene que responder a esa advertencia es cada pasajero ansioso, pero también las aerolíneas y las tripulaciones, que deberían ofrecer información más clara y humana antes y durante el vuelo, en lugar de dejar al viajero librado a su suerte y a su gin tonic.
