Pescar lo invisible: el thriller canadiense que atrapó a diecisiete millones de curiosos en cuatro días
La miniserie "Bajo la superficie", con Josh Hartnett y Mackenzie Davis, eligió un pueblo costero de Terranova para contar un misterio donde el océano esconde tanto monstruos como rencores familiares. Crónica desde el living, mate de por medio, de un estreno que se hizo fuerte sin gritar.
Me crucé con Andrés, un lector de cincuenta y tantos que conozco del barrio, y antes de que yo pudiera abrir la boca ya me estaba diciendo que se había devuelto en una sola noche los cuatro primeros capítulos de "Bajo la superficie". "Mirá, yo no soy de mirar series, pero esto te atrapa", me soltó mientras revisaba el teléfono a ver si ya estaba el quinto episodio. Esa imagen, la de alguien que normalmente se duerme a las diez y pico peleándole al reloj para ver un capítulo más, me parece la mejor manera de empezar a hablar de la producción canadiense que en cuatro días juntó diecisiete millones de visualizaciones en la plataforma donde se estrenó.
Un pueblo, un pescador y algo que no debería estar en el agua
La historia arranca en Snooks Arm, una localidad costera de Terranova, esa zona del Atlántico canadiense que aparece en los mapas como una saliente rocosa azotada por el viento. Allí vive Calvin Penney, interpretado por Josh Hartnett, un pescador que carga con la muerte reciente de su padre y con un montón de conversaciones pendientes que nunca llegaron a buen puerto. Hasta acá, podríamos pensar en un drama familiar más, pero lo que vuelve inquietante al asunto es que, en medio de ese clima íntimo, empiezan a aparecer señales raras en el mar, fenómenos que los vecinos no saben cómo explicar y que dibujan una amenaza que todavía no tiene nombre ni forma reconocible.
A ese universo cerrado se suma Fonda Howander, una investigadora marina a cargo de Mackenzie Davis, que llega con la mirada del laboratorio y el papel blanco en la mano. La tensión entre los dos mundos, la experiencia directa de los pescadores que conocen el agua con los ojos cerrados y la voluntad científica de buscar una explicación racional, sostiene buena parte de la serie. La producción filma directamente en Terranova, y eso se nota: el paisaje no está puesto como decoración turística, sino como un protagonista más, con la niebla, los muelles gastados y el sonido permanente del oleaje marcando el ritmo de la narración.
"Algo cambia cuando bajás la mirada al agua y no sabés qué te va a devolver", me decía Andrés, parafraseando a su manera lo que le había dejado la serie. Y la verdad es que ese verso suelto, medio inventado, medio apropiado del clima del programa, me parece una síntesis bastante justa de lo que propone el thriller: esa incomodidad de no saber qué hay del otro lado del horizonte, mezclada con los conflictos más terrenales, las discusiones por dinero, los secretos que se heredan y las heridas que se transmiten de generación en generación.
Seis capítulos y un terror que apuesta a la atmósfera
Lo que más me enganchó, y lo aclaro porque cada uno tiene sus manías, es que la serie no apura las respuestas. Sabe que la espera, esa cosa medio insoportable de mirar el agua sin saber qué se esconde debajo, es el verdadero motor de la historia. Mientras tanto, te va mostrando cómo funciona un pueblo chico donde todos se conocen y donde, cuando la cosa se complica, no queda otra que arreglarse entre todos, porque la ayuda de afuera llega tarde, llega mal o directamente no llega.
Salí del encuentro con Andrés con la sensación de que "Bajo la superficie" no es de esas series que te sacuden en el primer segundo, sino de las que se te quedan metidas cuando apagás la pantalla. Una historia de mar, de duelo y de lo innombrable que, al menos por estos pagos, ya está dando que hablar. Como me dijo al despedirse, mientras ajustaba el cuello del camperón y se reía solo: "Ahora cada vez que mire el río me voy a acordar de este pueblo". Y uno, vecina, no puede pedirle mucho más a un rato bien pasado frente al televisor.
