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Martes, 13 de octubre de 2026
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Sarah Paulson se cruza con Lizzie Borden y le abre la puerta a Aileen Wuornos

La cuarta entrega de la antología de Netflix "Monstruo" incorpora a la asesina serial interpretada por la actriz en un arco imaginario que reescribe el caso de Florida desde el espejo de la masacre de 1892.

Por Belén GiménezCultura y espectáculos · · hace 24 d
Sarah Paulson se cruza con Lizzie Borden y le abre la puerta a Aileen Wuornos

A una cuadra del cine todavía se escuchaba el revuelo de la salida: dos mujeres discutían, medio en chiste medio en serio, sobre si era legítimo meter a Aileen Wuornos dentro de una historia que ya tenía su propio peso. Una le decía a la otra que si la serie era una antología, todo se permitía. La otra le contestaba que justamente por eso había que discutirlo. Yo me quedé pensando en esa charla mientras caminaba hacia casa, porque la nueva entrega de "Monstruo" hace exactamente eso: toma un caso archiconocido, el de Lizzie Borden, y le injerta, casi como un órgano nuevo, la tragedia de Wuornos a través de Sarah Paulson, una actriz que ya se había puesto en la piel de otras figuras célebres de la saga.

Una invitada inesperada en la casa de los Borden

La producción de Netflix, cuarta entrega de la antología creada por Ryan Murphy, decide correr el foco del doblesinato de Fall River, ocurrido en 1892, y abrirle la puerta a un caso del siglo XX. Wuornos, interpretada por Paulson, no aparece como un simple guiño para los fans: ocupa varios episodios, habla, mata, lee y hasta se queda una noche en la vivienda de los Borden. El problema, claro, es que nada de eso pasó en la vida real.

  • No hay constancia de que Wuornos sintiera la fascinación que la serie le atribuye por Lizzie Borden.
  • Tampoco existen registros de que haya visitado la casa de los Borden o pasado allí una noche.
  • La conexión entre ambas mujeres es un recurso narrativo construido por el guion.
  • El cruce temporal se usa para explorar un cierre emocional que el caso Wuornos nunca tuvo.

Conviene separar dos planos que la ficción suele mezclar. Por un lado está el expediente Wuornos: una mujer que fue condenada por seis asesinatos cometidos en Florida entre 1989 y 1990, que confesó haber matado a siete hombres y que en los primeros tramos de su defensa argumentó que había intentado protegerse de ataques o intentos de agresión. Recibió seis condenas a muerte y fue ejecutada por inyección letal en 2002, a los 46 años. Por otro lado está la operación que propone la serie, que es puramente dramática.

El cocreador Ian Brennan lo reconoció con una frase que a mí me resonó: dijeron que buscaban darle al personaje de Wuornos "un cierre satisfactorio, aunque no fuera feliz". Esa intención se nota en las escenas donde Lizzie aparece ante ella como una aparición y, sobre el final, termina por recibirla después de la muerte. Es un dispositivo que la antología ya viene explorando entrega tras entrega: tomar un caso real y permitir que la imaginación rellene los huecos que la historia nunca cerró.

Una carretera en Florida y un libro prestado

El acercamiento entre los personajes empieza a tomar forma desde el cuarto episodio, cuando la acción salta a 1988 y muestra a Wuornos en una carretera. El encuentro con un hombre termina con un disparo que la define. Más adelante, en una escena que a mí me resultó de las más potentes de la temporada, aparece leyendo con su novia un libro sobre Lizzie Borden y encontrando en esa historia de una mujer acusada de matar a su propia familia un espejo en el que mirarse. La cita que la serie pone en boca de Wuornos, "yo también maté a mi padre", funciona como un estribillo interno del arco, aunque conviene recordar que Wuornos mató a hombres desconocidos, no a su familia.

En el sexto capítulo, el recurso se vuelve todavía más visible: Wuornos permanece en la casa de los Borden mientras el montaje intercala pasajes de la investigación de 1892. Las visiones de Lizzie completan esa asociación entre ambas mujeres, concebida para la narración y sin un vínculo histórico acreditado. La pregunta queda flotando en el aire de la sala, la misma que se hicieron esas dos espectadoras en la vereda: qué lugar deberían tener estas licencias en las series que se presentan como basadas en hechos reales. Yo no tengo la respuesta, pero confieso que salí del capítulo con una sensación rara, como cuando alguien te cuenta un secreto y no sabés si creérselo o no.

BG
Belén GiménezCultura y espectáculos

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