Un domingo con la madre que se fue, en un escenario que apenas se nota
Patricio Abadi convierte el duelo por la muerte de su vieja en un biodrama austero, atravesado por VHS caseros y un humor que no le escapa al dolor. Una hora en El Camarín de las Musas que, según cuentan los que ya fueron, deja a la gente charlando en la vereda.
Antes de que el protagonista se animara a pararse solo frente al público, ya había una mujer de unos cincuenta y pico sentada en la tercera fila, con un pañuelo en la mano, que le decía a su amiga en voz baja, mientras acomodaba la cartera: yo vine porque me lo recomendó mi psicóloga, pero te juro que no sé si voy a poder aguantar. Esa frase, que escuché a la salida del teatro cuando le pregunté qué la había decidido, me parece que resume mejor que cualquier crítica lo que se siente al entrar a ver Lenguajes del adiós, el unipersonal que Patricio Abadi viene haciendo todos los domingos a las 18 en El Camarín de las Musas, en Mario Bravo 960, y que dura apenas una hora.
Lo primero que uno tiene que saber es que no es una obra de teatro al uso. Abadi, que ya lleva más de cuarenta títulos escritos y tiene un nombre ganado en el circuito porteño, no construyó acá un personaje ni una ficción: está él mismo en escena, parado al lado de un escritorio chico, una silla y unos pocos objetos, y se la pasa una hora hablándonos de su madre, una profesora de letras que murió de cáncer de páncreas. Y se la pasa también, y esto es lo que a mí me parece que vuelve a la pieza tan rara y tan querida, haciéndonos reír con las mismas anécdotas con las que un rato antes nos había hecho llorar.
La estética del VHS y la mesa de la cocina
La puesta es deliberadamente austera, casi diría pobre en el mejor sentido de la palabra: no hay luces teatrales elaboradas, no hay edición de video con efectos, no hay música en off que nos vaya empujando hacia la emoción. Lo que hay, y acá está el corazón de todo, es una pantalla donde se proyectan los registros en VHS que el propio Abadi y su hermano fueron filmando en los últimos meses de vida de la madre. Son imágenes caseras, movidas, mal iluminadas, con esa textura tan particular del video de los noventa y los dos mil, y funcionan como la columna vertebral de lo que se cuenta: la veo, la escucho respirar, la veo comer, la veo pelearse con un tubo de la cocina, y entonces el relato, que está dicho con la voz del hijo, empieza a cobrar una densidad que no te la podés sacar de encima.
- Un escritorio chico, una silla y algunos objetos personales: la escenografía completa de un duelo.
- Videos caseros filmados por Abadi y su hermano en los últimos meses de vida de la madre, en formato VHS, que se proyectan sobre una pantalla.
- Alternancia entre escenas dolorosas y momentos de humor muy ácido, sobre todo cuando Abadi cuenta la primera vez que llevó una obra propia a un festival y la reacción que tuvo su vieja esa noche.
- Una cita de Susan Sontag sobre el cáncer de páncreas, que Abadi lee en escena y resignifica pensando en la historia personal de su madre.
- Imágenes del hijo pequeño del protagonista junto a su exesposa hacia el final de la obra, como un contrapunto que muestra que la vida, mientras tanto, sigue.
“El cáncer de páncreas está asociado a la falta de dulzura. Y yo pienso en mamá. En todas las caricias que le fueron sustraídas a mi mamá desde la infancia. No nacer del deseo sino de la atrocidad.”Susan Sontag, citada por Patricio Abadi en escena
Lo de la Sontag es uno de los momentos más fuertes de la hora, y sirve para entender qué es lo que está haciendo Abadi con este material tan íntimo: no se queda en la anécdota familiar, no se regodea en el dolor, no cae nunca en la sensiblería barata que uno podría temerle a un biodrama de este tipo. Lo que hace, me parece a mí, es tomar lo personal y abrirlo hasta volverlo una reflexión más grande sobre cómo se muere en este país, cómo se cuida a los que se están yendo, y sobre todo cómo se construye, mucho antes de que la enfermedad llegue, eso que después vamos a extrañar. La madre profesora de letras, la que corregía borradores y prestaba libros, la que iba al estreno de Ya no pienso en el matambre ni le temo al vacío y se reía a carcajadas mientras su hijo se mataba de vergüenza: esa mujer que uno va armando en la cabeza a lo largo de la función es, en definitiva, el verdadero personaje de la obra.
La pieza tuvo su estreno en el Teatro Nacional Cervantes, y ahora está haciendo temporada en esta sala mucho más chica de Palermo, donde el formato de unipersonal funciona como anillo al dedo. Los domingos a las 18, una hora justa, y después el público se va a la calle un poco en silencio, un poco con ganas de hablar. Yo le pregunté a varias personas a la salida qué las había traído, y una señora de Boedo me dijo algo que se me quedó dando vueltas: yo vine porque mi marido se murió hace seis meses y pensé que me iba a hacer mal, y la verdad es que me hizo bien, porque me dio permiso para acordarme de él sin tener que estar fuerte todo el tiempo. Y un pibe de treinta y pico, que había ido con su novia y se había quedado un largo rato charlando en la vereda antes de volverse, me dijo algo que también me parece que vale la pena traer: no sabía que se podía hablar de la muerte así, sin gritar, sin pedirte que llores, y que igual te quedes pensando tres días.
