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Martes, 13 de octubre de 2026
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Un ginkgo, tres vidas y la paciencia de mirar crecer

Ildikó Enyedi vuelve al cine con "El amigo silencioso", una película que cruza 1908, 1972 y 2020 a partir de un árbol en un jardín botánico alemán y que tiene a Tony Leung, Léa Seydoux y Luna Wedler como guías de tres historias sobre el vínculo entre las personas y las plantas.

Por Belén GiménezCultura y espectáculos · · hace 25 d
Un ginkgo, tres vidas y la paciencia de mirar crecer

Te confieso algo antes de entrar en la película: yo no había visto nada de Ildikó Enyedi hasta que me senté frente a "El amigo silencioso", y salí de la sala con la certeza de que iba a buscar "En cuerpo y alma" apenas pudiera, porque cuando una directora te deja esa marca con dos horas y media de ritmo contemplativo es porque algo está haciendo muy bien. Digo esto porque me parece la mejor forma de empezar a contarles de qué va este film que, sin hacer ruido, se planta frente a uno como lo hace el ginkgo que le da título simbólico: sin apurarse, sin pedir permiso, ocupando su propio tiempo.

La propuesta de Enyedi es tan simple en su punto de partida como ambicioso en lo que propone: un árbol, un ginkgo biloba del jardín botánico de una universidad alemana, es el lugar por donde pasan tres personajes en tres momentos distintos de la historia, 1908, 1972 y 2020, y a partir de ahí la película teje un relato coral sobre cómo los seres humanos se vinculan con las plantas, ya sea a través de la fotografía, del cultivo o de la investigación científica. No hay un protagonista único que recorra las décadas: hay tres vidas que se rozan en el mismo espacio verde, y la película se toma su tiempo para mostrarnos cómo cada una encuentra en el mundo vegetal algo que, de otro modo, no podría encontrar.

Tres épocas, tres formas de mirar lo que crece

  • 1908: una joven que es la primera estudiante universitaria de su camada empieza a relacionar los patrones de las plantas antiguas con la fotografía, como si la cámara pudiera revelar lo que el ojo no llega a ver a simple vista.
  • 1972: un estudiante atraviesa cambios personales profundos a partir del cuidado de unos geranios, y la película muestra cómo el cultivo se vuelve una forma de estar en el mundo, de aprender a tener paciencia y de conectar con algo que no pide nada a cambio.
  • 2020: un neurocientífico de Hong Kong llega al jardín botánico para hacer experimentos con bebés y con el ginkgo, y la investigación científica se suma a las otras dos experiencias como una manera más, más racional pero igual de sensible, de acercarse al reino vegetal.

El reparto está a la altura de la propuesta. Tony Leung se pone en la piel del neurocientífico de Hong Kong en el tramo más contemporáneo, y lo hace con esa sobriedad que le conocemos desde títulos como "Deseo, peligro" o "In the Mood for Love", como si el personaje le hubiera estado esperando. Léa Seydoux aparece en el episodio de 1972 y, como me dijo una espectadora a la salida, "le da al film una presencia que no te podés sacar de encima ni siquiera cuando la cámara se va a otro lado". Luna Wedler, a quien muchos recordarán por "El último verano de la boyita", completa el trío protagonista en el segmento de 1908 con una composición muy contenida, casi secreta, que le sienta perfecto al personaje de la primera estudiante universitaria. El elenco que los rodea va apareciendo a medida que cada historia lo necesita, sin estridencias, sin golpes bajos, confiando en que el tiempo haga su trabajo.

Hay algo que me llamó mucho la atención y que vale la pena destacar: Enyedi no apura nada. La película dura cerca de dos horas y media, y a mí, que suelo mirar el reloj cuando un film se estira, se me pasaron volando. El ritmo es pausado, sí, pero no lento por capricho: cada plano sobre las hojas del ginkgo, cada secuencia en el laboratorio o en el invernadero, parece pensada para que uno respire al mismo tiempo que los personajes. Es una invitación a la contemplación en un mundo que casi nunca se detiene, y por eso funciona tan bien. La directora, nominada al Oscar por "En cuerpo y alma", vuelve a poner el cuerpo y los sentidos en el centro de la escena, y esta vez elige a las plantas como interlocutoras silenciosas de tres historias de vida.

“A la salida, una señora mayor le dijo a su marido mientras se abrochaba el camperón: "Mirá, yo no entiendo nada de botánica, pero algo en esta película me reconcilió con la idea de quedarme quieta un rato". Me pareció la mejor crítica posible para una película que, sin hacer grandes declaraciones, te deja pensando en cómo vivimos apurados.”espectadora, a la salida de la sala
BG
Belén GiménezCultura y espectáculos

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