Veinticinco cerebros de las matemáticas le bajan el pulgar a la inteligencia artificial
En una carta abierta, los máximos ganadores de la medalla Fields sostienen que la carrera de los laboratorios por destrabar problemas célebres pone en jaque la forma en que se enseña, se comparte y se construye el conocimiento matemático.
Acá me hago eco de algo que me llamó la atención: un grupo de veinticinco matemáticos que tienen la medalla Fields, que vendría a ser el Nobel de esta disciplina, acaban de sacarse los guantes y firmaron una carta abierta dirigida directo a los grandes laboratorios de inteligencia artificial. La advertencia es fuerte: dicen que la forma en que esas empresas encararon los problemas matemáticos más famosos del mundo se parece más a una carrera por ver quién llega primero que a una manera seria de hacer ciencia.
Vamos por partes, como les explico siempre. La medalla Fields se entrega cada cuatro años y la reciben como máximo cuatro matemáticos menores de cuarenta años. Tenerla es, literalmente, estar en la cima de la profesión. Por eso cuando veinticinco de sus ganadores hablan al mismo tiempo, conviene prestar atención.
Qué les preocupa, en criollo
- Atribuyen a la IA resoluciones que en realidad vienen de años de trabajo humano previo, un problema clásico de no reconocer de dónde salieron las ideas.
- Plagio y copias mal disimuladas, parecidos a los que ya conocemos en el mundo del arte o la música.
- Soluciones que aparecen a las apuradas, sin la redacción prolija que permite que un estudiante de grado las entienda después.
- Y lo más delicado: la cadena de transmisión entre un matemático con experiencia y uno que recién empieza podría cortarse, porque nadie se toma el trabajo de traducir esos hallazgos al lenguaje de todos los días.
Para ponerlo con un ejemplo bien de la casa: imaginense que en una verdulería alguien descubre una forma nueva de conservar las bananas. Si la cuenta en dos minutos en un audio de WhatsApp, sirve poco. Ahora, si otro verdulero la anota en un cuaderno, la prueba, la mejora y se la enseña al pibe que recién empieza a atender el puesto, ahí recién se convierte en conocimiento útil. La IA, según estos matemáticos, viene entregando audios de WhatsApp cuando la disciplina necesita cuadernos prolijos.
“Resolver un problema célebre nunca fue el final del camino: históricamente abrió un proceso de conversaciones, simplificaciones y reescrituras hasta que el resultado quedó accesible para estudiantes de grado y posgrado.”Fragmento de la carta abierta
Le pregunté a Sofía, una becaria del Conicet que está arrancando su doctorado en álgebra, cómo vive esto desde abajo. Me dijo, casi sin pensarlo: "Yo aprendo mucho más leyendo una demostración escrita por alguien que sabe, que mirando la respuesta cruda que me escupe una pantalla. Si nadie se ocupa de explicarme el porqué, termino memorizando en vez de entender". Esa frase resume bastante el fondo del reclamo.
Los firmantes no son anti-tecnología, eso queda claro. Reconocen que los modelos de lenguaje mejoraron muchísimo y que hoy pueden abordar problemas abiertos en varias ramas de la matemática. Lo que cuestionan es el objetivo: cuando demostrar un teorema pasa a ser un trofeo para una empresa, y no una herramienta para entender mejor el mundo, la disciplina se empobrece.
¿Y eso para qué sirve?
Sirve para entender que lo que está en juego no es si la máquina calcula bien o mal, sino cómo se construye el conocimiento que después llega a las aulas, a los libros y a las próximas generaciones. Si los matemáticos más prestigiosos del planeta salen a advertirlo, es porque temen que se corte un hilo invisible pero decisivo: el que une a quien descubre algo con quien tiene que aprenderlo. Y ese hilo, en ciencia, vale oro.
