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Martes, 13 de octubre de 2026
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Volver a empezar: cómo Zach Cregger reimagina Resident Evil desde un mensajero perdido en la nieve

Austin Abrams vuelve a ponerse a las órdenes del director de Weapons en una película de 95 minutos que sigue a un repartidor que nunca pidió ser protagonista de una pesadilla biológica en Raccoon City. La transformación de Bryan, la nieve que se congelaba sobre el vestuario en Praga y un final que no deja nada a salvo.

Por Belén GiménezCultura y espectáculos · · hace 19 d
Volver a empezar: cómo Zach Cregger reimagina Resident Evil desde un mensajero perdido en la nieve

Antes de que la pantalla se llene de monstruos, hay un chico sentado en la fila del medio que se acomoda los anteojos, otro que le pasa el pochoclo al de al lado y una señora que le murmura al marido que ella nunca jugó a esos videojuegos, pero que va igual porque le gustan las películas de susto. Cuando aparecen los créditos y empieza la imagen, esa misma gente todavía está ahí, pero ya nadie mira los pochoclos: lo que acaba de empezar es Resident Evil, la nueva adaptación de la saga de Capcom que dirige Zach Cregger y que tiene a Austin Abrams como protagonista absoluto, y la propuesta no pide que uno sea fan de los juegos para entrar: pide que uno sea capaz de acompañar a un tipo común durante 95 minutos de nieve, oscuridad y transformaciones imposibles.

Un repartidor, una última entrega y un paquete equivocado

La historia arranca con Bryan, un mensajero cuya vida parece resuelta en lo pequeño: un trabajo, una novia, un embarazo en puerta y la ilusión de volver a casa después de una última entrega. El problema es que esa entrega tiene como destino el hospital de Raccoon City, y a partir de ahí la cotidianidad se rompe en pedazos. La película dura alrededor de 95 minutos y se apoya casi entera en ese personaje para sostener una trama que, según me parece a mí después de seguirle el rastro a las entrevistas que dieron Abrams y el propio Cregger, no busca explicar de manera exhaustiva el universo de los juegos, sino mostrar cómo lo vive alguien que no tiene la más pálida idea de lo que está pasando.

La sociedad Cregger-Abrams, otra vez

Lo primero que llama la atención, si uno viene de Weapons, es que acá se repite la dupla creativa pero no la fórmula. Abrams ya había trabajado con Cregger en aquel éxito de 2025, y acá vuelve a ponerse a sus órdenes, pero el tono cambia: lo que en Weapons se construía sobre un pueblo entero y una serie de desapariciones marcadas por lo inexplicable, acá se concentra en un único hilo, el de Bryan, y en una amenaza más reconocible para el público masivo: zombis, un virus y una mutación que avanza. Para Abrams, justamente, lo interesante fue sostener la condición de persona común de su personaje, alguien que no está entrenado para nada de lo que le toca vivir, y por eso las persecuciones y los enfrentamientos con las criaturas tienen esa textura de alguien que reacciona tarde, mal y a los tumbos, que es exactamente lo que uno esperaría de un tipo al que el virus le arruinó el turno de reparto.

El rodaje, según contó el propio Abrams, fue durísimo desde lo físico. Se filmó buena parte en Praga, con jornadas de bajas temperaturas, escenas de carrera sobre la nieve y, en algunos días, una llovizna que se congelaba apenas tocaba el vestuario. A esa exigencia del clima se le sumó otra más íntima para el actor: representar los cambios físicos de Bryan a medida que la infección avanza, una transformación que la película muestra de manera progresiva y que termina convirtiéndolo en una criatura de gran tamaño, algo así como un monstruo que ya dejó de parecerse al chico de la moto.

Atención: a partir de acá hay detalles del argumento y del final

Durante el recorrido por Raccoon City, Bryan atropella accidentalmente a una mujer que, después del impacto, empieza a convertirse en zombi delante de sus ojos. La escena funciona como una declaración de intenciones: no hay tiempo para procesar, no hay protocolo, no hay nadie a quien llamar. Después de eso, el mensajero huye de un policía que ya parece perdido en su propio pueblo y termina encontrando refugio transitorio en una granja. El paquete que debía entregar al hospital resulta que no era un envío cualquiera: transporta un antídoto para el virus T, la amenaza que vacía de personas reales a Raccoon City. Es la oportunidad, pero también la trampa, porque a esa altura Bryan ya recibió una mordedura y el reloj corre en su contra.

“Cregger me pedía que intensificara los rugidos, que dejara de contenerme, que jugara a ser esa cosa enorme que imaginaba mientras filmábamos. Tuve que aprender a soltarme, a no tener vergüenza de actuar como un monstruo y comprometerme con eso, aunque me sintiera ridículo en el momento.”Austin Abrams, sobre el rodaje de las escenas de transformación

Un final que no deja nada a salvo

La transformación termina por completo y Bryan se convierte en una criatura de gran tamaño, la última imagen de un personaje que luchó por volver con su novia y por dejar un mundo un poco menos roto del que encontró. Abrams contó que lo sorprendió la decisión del director de llevar al protagonista hasta su muerte y de frustrar aquello por lo que había luchado toda la película, y la verdad es que a mí también me descoloca, porque uno se acomoda en la butaca esperando el clásico arrebato del último minuto y lo que recibe es otra cosa: en su lectura, ese desenlace permite mostrar cómo el virus T siguió extendiéndose pese a que existía una oportunidad concreta de detenerlo, y por eso describió a la película como una historia de orígenes, más cercana al prólogo de algo que al cierre de un capítulo.

A la salida de la función, mientras la gente se juntaba en la vereda para sacarse el abrigo y discutir si el final los había dejado conformes o con bronca, escuché una frase que me parece la mejor manera de cerrar esta nota: "es la primera vez que salgo de una película de terror con ganas de saber qué viene después y, al mismo tiempo, con la certeza de que no quiero volver a Raccoon City aunque me paguen". Dicha así, entre risas y bufandas, la frase le hace justicia a lo que propone Cregger: una adaptación que no necesita que uno sea fan de Resident Evil para meterse en la butaca, pero que sí deja a cualquiera con la sensación de que, en algún rincón de la pantalla, Bryan todavía está corriendo por la nieve con un paquete que ya no va a poder entregar.

BG
Belén GiménezCultura y espectáculos

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