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Martes, 20 de octubre de 2026
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A 13 minutos de Miyazaki que solo se ven en un museo de Tokio: la historia secreta de "Mei y el gatitobús"

El corto que el maestro japonés rodó en 2002 como secuela de "Mi vecino Totoro" nunca salió en DVD ni en streaming, ni se puede fotografiar dentro de la sala. Para verlo hay que viajar a Mitaka, igual que hizo hace poco una viajera rosarina que me lo contó todo por WhatsApp.

Por Belén GiménezCultura y espectáculos · · hace 54 min
A 13 minutos de Miyazaki que solo se ven en un museo de Tokio: la historia secreta de "Mei y el gatitobús"

Te lo cuento como me lo contó ella, porque yo todavía no tuve la suerte de pisar ese museo. Marta tiene 53 años, es maestra jardinera acá en Rosario y hace tres meses cumplió uno de esos sueños que uno se guarda para la jubilación y termina cumpliendo a los ponchazos: quince días en Japón con su hija, un recorrido que arrancó en Tokio y terminó, claro, en el lugar al que todo fanático de Miyazaki quiere ir al menos una vez en la vida. La llamé por teléfono un martes a la noche, después de que me mandara tres audios de nueve minutos cada uno, y lo primero que me dijo, casi riéndose, fue: “Mirá, Belén, yo fui a ver un dibujito de trece minutos y lloré como si me hubieran contado la historia de mi vida”. Así, textual. Y ahí me empezó a describir de qué se trata “Mei y el gatitobús”, ese corto del que uno escucha hablar toda la vida pero que muy poca gente en la Argentina vio con sus propios ojos.

Hayao Miyazaki dirigió la película original en 1988, “Mi vecino Totoro”, y catorce años después, en 2002, volvió a ese mismo universo pero con una apuesta completamente distinta: un cortometraje de apenas 13 minutos pensado exclusivamente para proyectarse dentro del Museo Ghibli, ese edificio que queda en Mitaka, al oeste de Tokio, y que funciona como sede del Estudio Ghibli desde el año 2001. No fue pensado para cines comerciales ni para DVD ni para ninguna plataforma de streaming: directamente no existe en ningún formato doméstico. La única manera de verlo es sentarse en una de las butacas de ese museo, en una sala donde, además, no se puede filmar ni tomar fotos, porque la prohibición de capturas está vigente en todo el recorrido.

La historia que sigue a la hermana menor de Totoro

El corto se llama “Mei y el gatitobús” y, ojo, no es ni un remake ni una precuela de la película original. Es, en todo caso, una secuela muy chiquita: vuelve a poner en el centro a Mei Kusakabe, la nena más chica de la familia, la que en la película de 1988 se obsesionaba con los totoros y se perdía en el bosque esperando a que su papá volviera de la ciudad. Acá, ya un poco más grande, Mei vive una pequeña aventura nocturna junto al gatitobús, que es como el hijo del enorme autobús-gato que aparecía en el film original: un bichito felino, chiquito y simpático, que dentro del universo totoriano funciona casi como un animal doméstico con vida propia. Es una historia mínima, casi un capricho animado, y ahí está, justamente, parte de su encanto.

Le pregunté a Marta qué la había impactado más de esos trece minutos, y me dijo que se acuerda sobre todo de la sensación de estar adentro del museo mirando eso, con la luz bajando y un montón de japoneses y extranjeros sentados en silencio. “Es como si te estuvieran mostrando algo que no es para todo el mundo”, me dijo ella, y la frase me resonó bastante, porque creo que define bastante bien lo que Miyazaki buscaba: una experiencia pensada para un lugar concreto, no un producto terminado para el mercado global. Lo que hizo fue exactamente lo contrario de lo que haría un ejecutivo pidiéndonos más Totoro: volver a ese mundo, pero a escala mínima, para una sala concreta de un museo específico. Para los fans argentinos, eso significa una sola cosa: las ganas de ir a Tokio un, básicamente.

Mientras tanto, “Mi vecino Totoro” sigue siendo, desde 1988 hasta hoy, una de las obras centrales de la animación japonesa y el caballito de batalla emocional con el que el Estudio Ghibli se dio a conocer en casi todo el mundo: dos hermanas que se mudan al campo mientras la madre está internada, el padre que las acompaña con una dulzura enorme, los espíritus del bosque, ese totoro enorme y peludo que espera en la parada del ómnibus bajo la lluvia. Si viste esa película, “Mei y el gatitobús” es un epílogo íntimo, hecho para verse sentado en una butaca en Mitaka, no en el sillón de casa. Por ahora, y por muchos años más, la única dirección posible es esa.

“Fui a ver un dibujito de trece minutos y lloré como si me hubieran contado la historia de mi vida.”Marta, viajera rosarina que visitó el Museo Ghibli en 2025
BG
Belén GiménezCultura y espectáculos

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