Candombe, palmas y Blumana: así se despidió Montevideo del Negro Rada en el Palacio Legislativo
Músicos argentinos viajaron para sumarse al último adiós del cantante uruguayo, que murió a los 83 años tras más de un mes de internación. El sepelio será este viernes, con un cortejo que partirá desde Palermo hacia el Cementerio del Norte.
Yo llegué con el tiempo justo, casi sin aliento, y lo primero que vi no fue al Negro sino a una señora de unos setenta y tantos, con un pañuelito celeste atado en la cabeza, que le decía a su nieto, mientras la fila avanzaba lentamente: yo te lo cuento porque vos no lo viste, pero este hombre le cantó a tu abuelo cuando todavía eras un proyecto. La frase me golpeó más que cualquier título de diario, porque ahí estaba la clave de lo que pasó este jueves en el Palacio Legislativo de Montevideo, donde miles de personas fueron a despedir a Rubén Rada, el músico uruguayo que murió el miércoles 26 de agosto a los 83 años, después de más de un mes internado por una neumonía bilateral.
Una fila que empezó antes de abrir las puertas
El velatorio abrió sus puertas a las 14.00 en el Salón de los Pasos Perdidos, con ingreso por la puerta principal sobre la Avenida del Libertador, pero mucho antes de que se movieran las hojas de roble ya había gente esperando en las veredas. La ceremonia, abierta al público en general, se extendió hasta las 21.00 y convocó a familiares, colegas y público de distintas generaciones, desde viejitos que tarareaban Blumana con los ojos cerrados hasta pibes muy jóvenes que, según confesaron en la cola, habían conocido al Negro Rada por videos de Youtube y igual se sintieron golpeados por la noticia.
Entre los músicos argentinos que cruzaron el charo para estar presentes estuvieron León Gieco, Natalia Oreiro y Ricardo Mollo, que al mediodía ya se habían instalado en Montevideo sin hacer demasiado ruido. A eso de las 16.00, ese grupo se juntó con los tres hijos de Rada —entre ellos Matías, que estuvo toda la tarde recibiendo el pésame de a uno—, con la esposa del músico, Patricia Jodara, y con el compositor Jorge Nasser para cantar frente al féretro. Sonaron las primeras estrofas de Blumana y, casi sin que nadie coordinara nada, el salón entero se prendió: palmas, voces, una especie de respiración colectiva que iba y volvía como una ola.
“Esto no para, y el propio Rada había pedido que la despedida tuviera tono de alegría. Nosotros somos medio apagaditos, él era para arriba. Alegría, alegría.”Yamandú Orsi, presidente de Uruguay
Después del Blumana llegó el turno de Muriendo de plena, y otra vez las voces del salón se sumaron solas, con las palmas marcando la clave del candombe como si el Negro Rada, en lugar de estar en el cajón, las estuviera dirigiendo desde un costado con esa sonrisa torcida que tenía. Lo contó Orsi en la rueda de prensa que dio después de visitar el Salón de los Pasos Perdidos, donde decretó duelo oficial para todo el jueves y recordó el vínculo personal que lo unía al cantante, incluida una actuación en Corea y la imagen, casi de película, de los militares uruguayos que en el Congo cerraban las jornadas escuchando Mi país.
- Fallecimiento: miércoles 26 de agosto, a los 83 años, tras un mes internado por neumonía bilateral.
- Velatorio: jueves 27, de 14.00 a 21.00, en el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo, en Montevideo.
- Sepelio: viernes 28, a las 11.00, con cortejo desde Isla de Flores y Santiago de Chile (barrio Palermo) hacia el Cementerio del Norte.
- Presencia argentina: León Gieco, Natalia Oreiro y Ricardo Mollo viajaron a despedirlo.
- Canciones que sonaron junto al féretro: Blumana y Muriendo de plena, con palmas de candombe.
- Duelo oficial decretado por el presidente Yamandú Orsi durante toda la jornada del jueves.
Mientras la fila seguía entrando, en la puerta del Palacio Legislativo un tipo de unos cuarenta años le contaba a otro, con una cerveza en la mano y la voz ya un poco tomada, que él había visto a Rada tres veces en vivo y que la primera había sido en un festival al que lo llevó su viejo cuando tenía nueve. La última, en cambio, fue solo, ya grande, y se dio cuenta de que estaba escuchando la misma canción con la que se había dormido de chico: el mundo seguía cambiando, los padres se iban, las infancias quedaban lejos, y sin embargo el Negro Rada seguía sonando igual, como si el tiempo no le pasara por encima. Esa sensación, esa rara mezcla de despedir a alguien y al mismo tiempo sentir que lo seguís llevando puesto, es la que se respiraba anoche en la calle, cuando la gente empezó a desparramarse lentamente por la avenida y un coro anónimo se empecinó en tararear, una vez más, eso de que hay que buscar el sol aunque el cielo esté gris.
