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Martes, 13 de octubre de 2026
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Cuando dos gigantes se animaron a un romance sin balas ni guerra: el film que vuelve a escena cuatro décadas después

De Niro y Streep fueron pareja fuera de cuadro en una librería de Manhattan, en un drama íntimo de 1984 que hoy recupera visibilidad. Un paseo por la película, sus diálogos cruzados y la química de dos monstruos de Hollywood en registro inesperado.

Por Belén GiménezCultura y espectáculos · · hace 1 d
Cuando dos gigantes se animaron a un romance sin balas ni guerra: el film que vuelve a escena cuatro décadas después

A la salida del cine, una señora de unos cincuenta y tantos me dijo algo que me quedó dando vueltas: «Yo los vi por separado toda la vida, nunca los imaginé así». Estaba hablando de Robert De Niro y Meryl Streep, y de la película que los juntó en 1984, Enamorarse (Falling in Love), que acaba de cumplir 42 años y vuelve a estar disponible para quienes —como ella misma— se la perdieron en su momento. La frase me parece una síntesis perfecta de lo que ofrece este film: ver a dos de los actores más formidables de Hollywood, esos que cargan con la mochila de Toro Salvaje y Kramer vs. Kramer, sentarse en un banco de plaza neoyorquina y hablarse con la voz de cualquier vecino.

Yo no la había visto tampoco, y confieso que la encaré con cierto escepticismo: un De Niro haciendo de tipo común, una Streep en plan ama de casa que se cruza con un extraño en una librería. Pero apenas arrancan los títulos, con esa música de Marvin Hamlisch que parece sacada de una postal navideña, la cosa se acomoda en otro tono. Es un drama íntimo, de palabras medidas, de silencios largos, y ahí —justamente ahí— es donde los dos monstruos se lucen.

Un encuentro fuera de lugar, en la mejor esquina de Manhattan

La historia empieza en una librería de Manhattan, en diciembre, cuando Frank Raftis (De Niro) y Molly Gilmore (Streep) intercambian por error los paquetes que llevan a sus familias. Lo que parece un malentendido menor se transforma en cita postergada cuando meses después se vuelven a cruzar en el tren, en el mismo vagón, casi por rutina. La cámara de Ulu Grosbard —un director que sabía filmar a los actores como si respiraran— los va siguiendo en esos trayectos, en esas conversaciones iniciales sobre nada, y uno siente cómo se van corriendo de a poco los límites de la cortesía. Como dice Molly en un momento, cuando le preguntan cómo se conocieron: «Empezamos hablando de libros, después de los hijos, después de nosotros mismos».

“Empezamos hablando de libros, después de los hijos, después de nosotros mismos.”Molly Gilmore (Meryl Streep), en diálogo con una amiga

El guion de Michael Cristofer no les regala nada: Frank y Molly están casados, con hijos, con años de vida compartida, y lo que les pasa no es un flechazo de película clásica sino un descubrimiento incómodo, de esos que aparecen en mitad de la cotidianeidad. El mérito del film —y creo que por eso sigue mereciendo una mirada cuarenta años después— es que no condena ni absuelve: muestra la atracción, la culpa, el miedo a lastimar, y deja que cada uno saque sus conclusiones. No hay villanos ni escenas espectaculares; hay cenas con los amigos de siempre, llamadas a la oficina, y la decisión enorme de seguir mintiendo en la propia casa.

Dos actores célebres, en un registro poco habitual

Lo más interesante de Enamorarse, mirándola con ojos de 2025, es ver a De Niro y a Streep sin la coraza de sus personajes más famosos. Los dos venían de hacer dupla en El francotirador (1978), la película de Michael Cimino sobre la guerra de Vietnam, donde se cruzaban en escenas durísimas. Seis años después, Paramount los juntó en un registro completamente distinto: sin balas, sin selva, sin trauma épico, y ahí uno descubre que estos dos también saben filmar un encuentro en una cafetería, una mano que se estira para alcanzar un libro, una mirada que se aparta. Streep, sobre todo, está contenidísima: la Molly que compone es una mujer que se conoce de memoria, que se cuestiona a media voz, y le saca partido a cada pausa. De Niro, por su parte, sostiene al personaje con esa economía de gestos que ya era su marca: un Frank callado, que se banca las ganas y se las arregla para que el espectador entienda todo lo que no dice.

A mí, lo que más me llamó la atención es la ciudad. Manhattan aparece sin grandes postales: librerías de barrio, andenes de tren, oficinas, casas con cocina americana. Es una Nueva York de gente común, y eso hace que lo que les pasa a Frank y a Molly pese más. Hay algo de Breve encuentro (Brief Encounter, 1945) en esa decisión de contar un amor improbable con la épica de lo doméstico, y algunas reseñas de la época lo señalaron. La comparación no es caprichosa: como en aquella, el conflicto no es estar enamorado, sino qué hacer con eso cuando ya tenés una vida armada.

Si la crítica fue tibia y la taquilla no acompañó, la película fue encontrando su lugar de a poco. No es de las que aparecen en los tops de fin de año, ni ganó premios mayores, pero tiene ese tipo de obras que el tiempo va reivindicando en silencio, de boca en boca, de alguien que la vio de joven y se la recomienda a un amigo. A cuatro décadas del estreno, verla es entender que De Niro y Streep no sólo saben cargar con personajes enormes: también saben hacerse cargo de los pequeños, de los que viven en un departamento de Manhattan y descubren, sin buscarlo, que el corazón se les fue a otra parte. Y la frase de la señora a la salida, esa de «nunca los imaginé así», termina siendo el mejor resumen: dos gigantes haciéndose diminutos durante hora y media, y por eso, justamente por eso, enormes.

BG
Belén GiménezCultura y espectáculos

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