Cuatro puentes alemanes para escapadas de fin de semana: cómo llegar, qué ver y cuánto recorrer
Desde Erfurt, Kromlau, Bastei y Hunsrück, cuatro estructuras emblemáticas permiten armar recorridos con base en Leipzig, Dresde, Frankfurt o Berlín. Casas sobre un puente medieval, un arco que solo se admira desde la orilla, un puente colgante a cien metros de altura y un paso entre monolitos de arenisca esperan a quienes quieran conocer Alemania más allá de sus grandes ciudades.
A quien le gusten las escapadas cortas, con base en una ciudad y movimiento en tren o colectivo, le conviene saber que Alemania tiene al menos cuatro puentes que justifican un viaje de pocos días. No son los más famosos del país, pero cada uno ofrece una experiencia distinta: hay uno medieval con casas encima, otro cuyo arco solo puede verse desde la orilla, un tercero que cuelga a cien metros sobre el valle y un cuarto que parece tallado en la misma roca. Todos se pueden visitar sin necesidad de vehículo propio, aunque con paciencia y algunas combinaciones ferroviarias.
La base desde la cual moverse
La elección de la ciudad donde dormir termina marcando el recorrido. Leipzig sirve como plataforma para llegar a Erfurt, la capital de Turingia, donde se levanta el puente Krämer, también conocido como el de los Mercaderes. Dresde, en Sajonia, es el punto de partida obligado hacia las formaciones rocosas de Bastei, en plena Suiza sajona. Frankfurt, en Hesse, abre la puerta hacia la región de Hunsrück y el puente Geierlay, mientras que desde Berlín se puede tomar el tren hacia Kromlau, en Sajonia-Anhalt, donde espera el puente Rakotz con su lago circular.
El puente medieval que sigue siendo casa
Quien prefiera un recorrido urbano tiene su lugar en Erfurt. El puente Krämer reúne a lo largo de 125 metros 32 viviendas que siguen habitadas, algo que llama la atención incluso a los europeos del norte, acostumbrados a las ciudades medievales reconstruidas. Cuando la estructura todavía era de madera, sufrió varios incendios; por eso se decidió la reconstrucción en piedra, que quedó terminada hacia 1325. El viaje desde Leipzig lleva unos 45 minutos en tren directo, mientras que desde la capital alemana el recorrido insume alrededor de una hora y 40 minutos. La escapada se puede completar con la Colina de la Catedral, donde se concentran la catedral y la iglesia de San Severo, la Ciudadela de Petersberg, una fortaleza barroca sobre la colina, y el Monasterio de San Agustín, donde Martín Lutero vivió entre 1501 y 1511 antes de su paso por Wittenberg.
El arco que solo se mira desde la orilla
En Kromlau la caminata es distinta: el puente Rakotz no se cruza. La estructura de basalto, terminada en 1860 y pensada como capricho paisajístico dentro de un parque de unas 200 hectáreas, es demasiado delicada para soportar el tránsito de visitantes, de modo que está prohibido atravesarlo. Su arco de veinte metros de altura completa un círculo perfecto con el reflejo en el agua del lago, y por eso los fotógrafos lo buscan sobre todo al amanecer y al atardecer, cuando la luz rasante define los contornos. Desde Berlín, el trayecto combina dos servicios: primero unas dos horas de tren hasta Weißwasser, con un transbordo en Cottbus, y después otros veinte minutos en el ferrocarril de trocha angosta Waldeisenbahn Muskau, una línea histórica que todavía circula a vapor en algunos tramos.
La pasarela colgante a cien metros
La tercera parada exige más esfuerzo logístico. El puente Geierlay, terminado en 2015 en la región de Hunsrück, mide 360 metros de largo y se eleva a 100 metros sobre el valle del río Mörsdorfer Bach. Su pasarela está hecha con tablones de abeto Douglas y su diseño se inspiró en los puentes colgantes que se usan en Nepal, lo que le da una oscilación suave cuando sopla el viento. Desde Frankfurt el viaje lleva unas tres horas, porque no hay tren directo: hay que llegar por ferrocarril hasta la estación más cercana y después tomar un colectivo hasta Mörsdorf, el pueblo que oficia de puerta de entrada al puente. Quien quiera estirar la jornada puede sumar senderos señalizados dentro del parque natural, ideales para caminar entre hayas y robles.
El puente sobre el abismo de arenisca
El cuarto puente, el de Bastei, es probablemente el más fotogénido de los cuatro. Está a 50 kilómetros de Dresde, dentro del parque nacional de la Suiza sajona, una zona de mesetas y monolitos de arenisca que recuerda, a menor escala, a los paisajes del oeste estadounidense. La estructura actual, con sus 76,5 metros de longitud y siete arcos de piedra, fue levantada en 1851 para reemplazar una pasarela de madera que se había colocado en 1824 con fines turísticos. Se eleva 40 metros sobre el río Elba y desde sus miradores se ven la meseta de Lilienstein y la fortaleza de Königstein, una de las mayores construcciones de montaña de Europa. Para llegar desde Dresde hay que tomar el S-Bahn, el tren de cercanías alemán, hasta Kurort Rathen en unos 40 minutos y después cruzar el Elba en ferry, una experiencia breve que ya forma parte del paseo.
Antes de decidir el recorrido, vale la pena revisar algunos datos prácticos. El puente Krämer puede visitarse durante todo el año y se integra al casco histórico de Erfurt, así que no exige caminatas largas. El Rakotz requiere más tiempo de traslado y caminata dentro del parque, pero no tiene limitaciones de horario más allá de la luz del día. El Geierlay cierra cuando hay tormenta o viento fuerte, y no es apto para personas con vértigo, porque la oscilación se siente incluso en días tranquilos. El de Bastei admite bastante caudal de visitantes en verano y primavera, por lo que conviene llegar temprano si se quiere evitar las filas en el cruce del ferry.
