El hombre que le dio la vuelta al mundo en un balandro rescatado de un potrero y se perdió para siempre en el mar del Sur
Joshua Slocum fue el primer navegante solitario que completó una circunnavegación, a bordo del Spray, un velero de once metros que él mismo reconstruyó en un descampado de Massachusetts. Sin cronómetro y sin saber nadar, terminó su vida en 1909 zarpando hacia el sur, sin que nadie volviera a verlo. Una semblanza de su aventura y de su final sin testigos.
Cuando uno se imagina la proa de un barco que cambió la historia de la navegación, piensa en cascos de madera noble, en compases relucientes y en tripulaciones curtidas por el Atlántico Norte. La proa que cambió la historia de la navegación solitaria, en cambio, salió del puerto de Boston un 24 de abril de 1895 cargando nada de eso: once metros de un balandro pesquero reconstruido tabla por tabla, un capitán sin empleo en un mundo que ya apostaba al vapor, y la decisión, casi una provocación, de darle la vuelta al mundo en soledad. Aquel hombre era Joshua Slocum, y aquel barco se llamaba Spray.
Para entender la magnitud de lo que hizo Slocum conviene reparar en el punto de partida, que no fue precisamente el de un explorador con financiamiento ni el de un héroe de los que retrataban los diarios de la época. Slocum recibió el Spray podrido y abandonado en un pastizal de Massachusetts, un casco que el destino había dejado como desecho. Durante trece meses lo reconstruyó con sus propias manos, sin más capital que el oficio acumulado en décadas de navegación mercante. Lo que había sido un pesquero destinado a la basura se transformó, bajo sus herramientas, en la primera casa flotante tripulada por un solo hombre que daría la vuelta completa al planeta.
Tres años, 46.000 millas y ningún reloj de mar
La travesía duró tres años y cubrió más de 46.000 millas náuticas. Slocum cruzó el Atlántico, bordeó el cabo de Hornos por el Estrecho de Magallanes, atravesó el Pacífico y el Índico, y regresó a Newport, Rhode Island, el 27 de junio de 1898. Ningún navegante había completado ese recorrido en solitario antes que él. Lo notable es que lo hizo sin cronómetro marino, instrumento que cualquier marino de su época consideraba tan indispensable como el timón: Slocum navegaba con un reloj barato de hojalata al que, además, le faltaba el cristal. La precisión que necesitaba la obtenía con estimaciones de posición, observaciones lunares y una memoria corporal del mar construida desde los dieciséis años, cuando se enroló como cocinero y grumete para escapar de la granja familiar en Nova Scotia.
- En el Estrecho de Magallanes, para disuadir a los fueguinos de abordar el barco de noche, Slocum esparció tachuelas de alfombra sobre la cubierta. Los intrusos subieron descalzos, pisaron las puntas y huyeron.
- Cerca de las Azores, enfermo y delirante por alimentos en mal estado, creyó ver un piloto fantasma al timón. Cuando se recuperó, el Spray seguía navegando con rumbo firme.
- No sabía nadar. Decía que, en medio del océano, nadar solo servía para alargar la agonía, una frase que resume su filosofía de marino: el mar no se negocia, se enfrenta.
En 1900 publicó Sailing Alone Around the World, una obra que había nacido como serie en revistas y que terminó convertida en libro. El éxito fue inmediato. Slocum encontró lectores para su estilo seco, irónico y preciso: el de un hombre que mezclaba cálculo náutico con humor y asombro sin afectación heroica, algo inhabitual en una literatura de viajes que solía caer en el tono épico. Era, en el fondo, el diario de a bordo de un artesano del mar que, sin proponérselo, había abierto una puerta que nadie más había atravesado.
La última salida del Spray
La fama, sin embargo, no lo ancló. En noviembre de 1909, a los sesenta y cinco años, Joshua Slocum zarpó una vez más desde el puerto de Vineyard Haven con el Spray a remolque de una pequeña goleta, rumbo al sur. Pretendía llegar a las costas de Sudamérica y recorrer los ríos Orinoco y Amazonas, una fantasía fluvial que mezclaba la nostalgia de los ríos tropicales con el oficio de un hombre que ya había visto todo el océano. Nunca llegó. El Spray desapareció en el mar sin dejar rastros, sin tripulantes que lo vieran partir y sin testigos del momento en que el casco se hundió o fue tragado por una tormenta.
Lo que queda de Slocum es una certeza incómoda: el primer navegante solitario alrededor del mundo, el hombre que demostró que un casco rescatado de un potrero y un reloj sin cristal bastaban para circunnavegar el planeta, terminó sus días como él mismo había predicho cuando decía que no sabía nadar, porque en el océano hacerlo solo serviría para alargar la agonía. No hubo rescate, no hubo carta final, no hubo puerto de llegada. Hubo, en cambio, la última lección de un maestro que enseñó con el ejemplo: el mar no devuelve a quienes lo desafían, y mucho menos a quienes le toman cariño. La aventura del Spray, por eso, no termina en 1898 con el aplauso de Newport, sino en algún punto del Atlántico sur de 1909, donde un balandro de once metros y su único tripulante se perdieron para siempre, juntos, en la vastedad.
“En medio del océano, nadar solo sirve para alargar la agonía.”Joshua Slocum
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