Espírito Santo, el estado brasileño que se cocina a fuego lento y se mira cambiar de color
A medio camino entre Río de Janeiro y Bahía, el destino combina playas sin multitudes, una roca que muta con la luz del día y una gastronomía con identidad capixaba. Desde Argentina se llega con una conexión corta desde Río o algo más desde San Pablo.
Te confieso algo antes de arrancar: cada vez que me cruzo con un lugar que se anima a tener cocina propia me quedé a escuchar. Espírito Santo, ese estado brasileño que muchos lectores ubicarían apenas de nombre, me llamó la atención por eso exactamente: porque presume identidad, porque no se mimetiza ni con la samba carioca ni con el derroche bahiano, y porque encima tiene una roca que cambia de color según la hora del día. Parece guion de película, pero es geología, es turismo, y es, sobre todo, una invitación a manejar el reloj con paciencia.
Espírito Santo ocupa el corazón de la región Sudeste de Brasil, pegado a Bahía, a Minas Gerais y a Río de Janeiro. Su capital es Vitória, una ciudad que mira al mar desde un archipiélago, y a su costado se asienta Vila Velha, que es donde se concentra buena parte de la oferta costera: playas amplias, de oleaje moderado, pensadas para familias y para quienes busquen el Atlántico sin la masividad que caracteriza a otros puntos del litoral brasileño. No esperes carnaval desbordado ni fiesta constante; esperá paseos, caminatas por la arena y atardeceres con brisa.
Sierras, café y una roca que se transforma
A poco más de una hora de la zona metropolitana el paisaje pega un golpe de timón. El termómetro baja, el verde se vuelve más espeso y aparecen las haciendas cafeteras, los lavandarios de productos regionales y, como mojón visual, la llamada Pedra Azul: una formación rocosa que, según la luz que le pegue, se ve verde, azul intenso o anaranjada. El fenómeno es óptico, depende del ángulo del sol y de la claridad del cielo, lo que convierte cada visita en una experiencia distinta. Quienes madrugan la ven recoleta y vibrante; quienes suben al atardecer se llevan la postal más compartida en redes.
La región serrana sostiene una de las tramas de agroturismo más consolidadas del país. Los recorridos incluyen parada en productores de quesos, embutidos artesanales y palmitos frescos, con degustación incluida y la posibilidad de comprar directo en la tranquera. Para el lector argentino que viene del mundo del vino y del aceite de oliva, la experiencia resulta familiar: misma lógica de visita al establecimiento, misma conversación con quien elabora, misma promesa de llevarse algo auténtico.
La cocina capixaba y su moqueca sin aceite de palma
Ahora sí, llegamos a lo que a mí más me interesa. La gastronomía capixaba tiene sello propio y no se confunde con la del norte ni con la del sur. El plato central es la moqueca capixaba, que se diferencia de la versión bahiana justamente por lo que le falta: ni aceite de palma ni leche de coco. Según Rafael Granvilla Oliveira, gerente de Promoción y Marketing Turístico del estado, se trata de una preparación «ligera y saludable», a base de pescado, tomates, cebollas y hierbas naturales, cocinada lentamente en cazuela de barro.
Cómo llegar desde Argentina
Para los lectores que ya están armando el viaje en la cabeza, el camino más directo es aéreo: vuelo hasta Río de Janeiro o San Pablo y desde allí una conexión hacia el aeropuerto de Vitória. Desde Río el tramo final toma unos 45 minutos; desde San Pablo, algo más de una hora. Quienes prefieran la ruta terrestre desde la ciudad brasileña de Río cuentan con unas ocho horas por la carretera costera, una opción rendidora para quien le gusta manejar y parar en el camino. No es un destino lejano y eso, en los tiempos que corren, ya es una ventaja en sí misma.
