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Martes, 13 de octubre de 2026
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Estar solo y sentirse solo: dos cosas distintas que pasan la misma factura al cuerpo

Un estudio con más de 277.000 personas en el Reino Unido mostró que la soledad y el aislamiento social recortan años de vida sin enfermedades, y que ni siquiera los hábitos saludables logran compensar del todo el peso de sentirse solo.

Por Belén GiménezCultura y espectáculos · · hace 17 d
Estar solo y sentirse solo: dos cosas distintas que pasan la misma factura al cuerpo

A veces uno se cruza con gente que parece rodeada de afectos y, sin embargo, en la conversación más larga de la noche, termina confesando que hace meses que no cena con nadie que le importe de verdad. Esa escena, que parece menor, es exactamente el corazón de una investigación reciente que llegó para recordar algo que solemos olvidar: la cantidad de vínculos que tenemos y la calidad de lo que sentimos en ellos no miden lo mismo, y las dos cosas, cuando fallan, nos pasan una factura que se ve en el cuerpo.

El trabajo, difundido por la Universidad de Tulane en un comunicado del 22 de septiembre de 2026, siguió durante años a más de 277.000 participantes del Biobanco del Reino Unido, todos adultos de entre 40 y 69 años que al momento de ingresar al estudio no padecían ninguna de las siete condiciones que los investigadores pusieron bajo la lupa: diabetes, enfermedades cardíacas, enfermedades pulmonares, demencia, cáncer, depresión y ansiedad. La pregunta era simple pero incómoda: cuántos de esos años que les quedaban por vivir podían esperar transitarlos sin ninguna de esas enfermedades. La respuesta, a la vuelta de la esquina, golpeó.

Dos, dos fenomenos muy diferentes

Conviene aclarar, antes de seguir, una distinción que el propio informe subraya y que a mí me parece clave para no confundirnos leyendo estos datos. Cuando hablamos de aislamiento social, hablamos de la cantidad: tener pocas relaciones, encontrarse poco con los demás, moverse por la vida con una red chica. Cuando hablamos de soledad, en cambio, hablamos de la sensación: ese malestar que aparece cuando uno no encuentra en sus vínculos la conexión significativa que necesita, tal como la define el Consejo Nacional de Envejecimiento de Estados Unidos. Una persona puede vivir rodeada de gente y sentirse profundamente sola, y al revés: alguien con muy pocos contactos puede estar en paz si esos pocos le alcanzan.

  • Mujeres con soledad y aislamiento social: 2,4 años menos de vida sin enfermedades físicas.
  • Hombres en la misma situación: 1,7 años menos de vida sin enfermedades físicas.
  • Mujeres: 3,7 años menos de vida sin problemas de salud mental.
  • Hombres: 5,8 años menos de vida sin problemas de salud mental, la brecha más amplia de todo el estudio.
  • Las cifras se calcularon tomando los 50 años como referencia y se refieren a años libres de las enfermedades estudiadas, no a años de vida perdidos en términos absolutos.

Mirando esos números, que resumo en la lista, uno advierte algo que me resultó de lo más interesante: en salud física las diferencias son parecidas entre hombres y mujeres, pero en salud mental la brecha se abre de una manera llamadera, sobre todo entre los varones. Lu Qi, el investigador principal del equipo, lo planteó en el comunicado con una idea que me parece importante reproducir: los hallazgos abarcan tanto la salud física como la mental, y por eso conviene no quedarse solo con la primera foto, porque es en la cabeza donde la soledad parece hacer más ruido.

Los habitos saludables ayudan, pero no alcanzan

Ahora bien, alguien podría preguntarme, y con razón, qué pasa con todo eso que repetimos como un mantra desde hace años: comer bien, moverse, dormir las horas que hay que dormir, no fumar. La investigación se hizo esa misma pregunta, y la respuesta que encontró es de esas que uno no sabe si celebra o lamenta. Resulta que esos cuatro hábitos saludables atenuaron la pérdida de años sin enfermedades en quienes estaban aislados socialmente, pero no lograron reducir de manera significativa los riesgos que trae aparejados sentirse solo. O sea, como me dijo una vez un médico con muy buen humor, podés tener la dieta perfecta y aun así enfermarte de tristeza, si es que la tristeza es la palabra justa.

Yo leo esto y me acuerdo de una señora que entrevisté hace tiempo, en la puerta de un centro de jubilados, mientras se acomodaba un pañuelo colorido en la cabeza. Me dijo algo que se me quedó grabado y que, si me lo permiten, me parece la mejor manera de cerrar esta nota: "Mientras tenga a quién llamar cuando se me quema el guiso, yo sé que estoy bien". No recuerdo si fue en Recoleta, en Lanús o en Córdoba capital, pero la frase me vuelve cada vez que un estudio como este me recuerda que la salud, esa cosa tan seria, a veces se cuida mucho más de lo que uno cree con sólo abrirle la puerta a alguien.

BG
Belén GiménezCultura y espectáculos

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