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Martes, 13 de octubre de 2026
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Los hijos que heredaron el trauma del 11-S sin haber visto las Torres Gemeles caer

Un estudio de Columbia siguió durante 25 años a familias de rescatistas y encontró que más del 20% de sus hijos adultos atraviesa depresión y una cuarta parte lidia con trastornos de ansiedad. Lo que se contagia no son las imágenes: es el clima de una casa marcada por el horror.

Por Yamila RiquelmeUniversidad y ciencia · · hace 36 d
Los hijos que heredaron el trauma del 11-S sin haber visto las Torres Gemeles caer

Les cuento una idea que a mí me cuesta digerir: hay heridas que se transmiten sin que nadie haya estado en el lugar del desastre. Un grupo de investigadores del Columbia University Irving Medical Center acaba de comprobarlo siguiendo durante un cuarto de siglo a familias de rescatistas que trabajaron en la zona cero tras los atentados del 11 de septiembre de 2001. La investigación, publicada en PLOS Mental Health, tomó el pulso psicológico a 270 hijos adultos de 176 familias y el resultado duele: más del 20% de esos hijos presenta depresión y más de una cuarta parte carga con algún trastorno de ansiedad, pese a que ninguno presenció la caída de las Torres Gemelas.

Para entenderlo, sirve aclarar qué es el TEPT, el famoso trastorno de estrés postraumático. Piénsenlo así: es como si el cuerpo y la cabeza se quedaran atrapados en el momento del shock, y cada vez que aparece un ruido fuerte, un olor parecido o una imagen asociada, la persona vuelve a revivirlo aunque hayan pasado veinte años. Los rescatistas lo padecieron en carne propia: muchos fueron diagnosticados en las semanas posteriores al atentado.

La herencia que no viaja en los genes

La profesora Yael Cycowicz, autora principal del estudio, lo resume con una frase que describe mejor que cualquier manual cómo funciona ese traslado: "No tenían que hablar de eso, pero en su conducta comunicaban de algún modo su miedo, ansiedad, desconfianza y preocupación". Los chicos, muchos de ellos menores de cinco años en 2001, no necesitaron ver el humo para absorber el desconcierto de sus padres. Les alcanzó con crecer en una casa donde el silencio pesaba, donde un padre se sobresaltaba con cualquier sirena o donde una madre no dormía.

Los datos afinan el diagnóstico. Cuando los investigadores compararon el estado de los padres con el de sus hijos adultos, apareció algo notable: si el progenitor había llegado temprano al lugar, permanecido más horas durante los primeros veinte días o estado expuesto a restos humanos, sus hijos mostraban mayor sufrimiento psicológico. La depresión paterna actual se asoció con más depresión en los hijos; el TEPT paterno vigente, con más TEPT, ataques de pánico y depresión en la descendencia.

Cómo pesa la mesa familiar

  • Vínculos tensos o negativos: más síntomas depresivos y mayor riesgo de trastorno por consumo de alcohol en los hijos.
  • Trato con poca calidez: más ansiedad en la descendencia.
  • Buena red de apoyo social: efecto protector, con menos síntomas en toda la familia.
  • Exposición prolongada del progenitor en los primeros veinte días: mayor carga psicológica en los hijos años después.

Por qué importa este mapa

La investigación incluyó la voz de un becario del equipo, Lucas Fernández, un porteño de 27 años que colabora en el análisis estadístico desde Buenos Aires. "Lo que más me llamó la atención es que los hijos no replican el TEPT de los padres, sino que desarrollan depresión y ansiedad, que son patologías más compatibles con haber crecido en un clima familiar alterado", me dijo por videollamada. Para Fernández, el mensaje clave es metodológico y clínico a la vez: "Si querés tratar a un rescatista, no podés ignorar a la familia que lo rodea". Y acá viene el ¿y eso para qué sirve? Sirve para repensar cómo se atienden las tragedias colectivas: alcanza con mirar al paciente sentado en el consultorio para entender que su dolor tiene ramificaciones en la mesa familiar, en la escuela de los chicos y en la salud mental de una generación entera que, sin haber pisado la zona cero, carga con sus consecuencias.

A 25 años de los atentados, este estudio es un recordatorio incómodo: las catástrofes no terminan cuando se apagan las cámaras. A veces, su onda expansiva más larga se mide en los platos que un padre no puede terminar de servir, en las noches que un hijo no puede dormir, en la ansiedad que se hereda sin instrucciones de uso.

YR
Yamila RiquelmeUniversidad y ciencia

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