Los que crecemos con Naruto en la tele y aprendimos a no bajar los brazos sin darnos cuenta
Un estudio publicado en octubre de 2025 y difundido masivamente en las últimas semanas en redes sociales sostiene que la serie animada japonesa dejó huella en la forma en que sus espectadores más jóvenes procesan la frustración, el fracaso y la ayuda de los demás. Una charla con quienes todavía se emocionan con su estribillo.
Lo confieso antes de empezar a escribir: la primera vez que escuché nombrar este estudio estaba en la fila del kiosco de diarios, esperando que me preparen un café, cuando un chico que estaba adelante mío le dijo a la cajera algo así como «sabés que miré Naruto de chico y por eso soy como soy». Ella se rio, le respondió que era una locura, y él sacó el teléfono para mostrarle la nota que estaba leyendo. Me quedé con la escena y, cuando llegué a la redacción, me puse a buscar el paper. Porque si hay algo que aprendí en estos años es que cuando la gente habla de una serie con esa mezcla de cariño y convencimiento, algo hay para contar.
La investigación se llama «Naruto: Un estudio sobre la Resiliencia y el Crecimiento en la Animación Japonesa» y lleva la firma de Alfin Rosydha y Nalia Roohma. Se publicó en octubre de 2025, aunque recién ahora, de la mano de las redes sociales, llegó al público masivo. Lo que hace el trabajo es tomar a la serie creada por Masashi Kishimoto —emitida originalmente entre 2002 y 2007, con su continuación Naruto Shippuden extendiéndose hasta 2017— y analizarla no como un producto de entretenimiento, sino como una herramienta formativa para sus espectadores infantiles. La idea central es que quienes la miramos durante la infancia incorporamos, casi sin saberlo, un manual de cabecera para tolerar la frustración y levantarnos después de cada caída.
Un huérfano que no se rinde como espejo
El equipo de investigación parte de una observación que a esta altura suena obvia, pero que las ciencias sociales suelen dar por descontada: las historias que vemos de chicos nos dejan marcas. En este caso, el arco del protagonista —un huérfano marginado que, contra todo pronóstico, insiste una y otra vez en convertirse en Hokage, el líder máximo de su aldea— habría funcionado como modelo a seguir para audiencias que todavía estaban armando su propio esquema emocional. Lo que el estudio describe es que esa insistencia del personaje, más que un capricho narrativo, terminó siendo un entrenamiento cotidiano en eso que los autores llaman resiliencia y que nosotros llamamos, a secas, aguante.
“Naruto es mucho más que una historia coming-of-age: es una narrativa con raíces en los temas de la resiliencia, la perseverancia y el crecimiento personal.”Alfin Rosydha y Nalia Roohma
Lo que aprendimos sin saber que estábamos aprendiendo
- La resiliencia no nace con uno, se entrena: la investigación subraya que esa capacidad se construye con la exposición a desafíos, y ver a un personaje levantarse una y otra vez habría acelerado ese aprendizaje en chicos que todavía estaban formando su mundo interior.
- Pedir ayuda no es debilidad: el recorrido de Naruto Uzumaki no se entiende sin sus mentores ni sin sus compañeros, y la serie instaló la idea de que el éxito colectivo siempre le gana al individual, una lección que muchos espectadores absorbieron sin que nadie se la explicara en la mesa familiar.
- Volver a empezar es parte del camino: el protagonista fracasa una y otra vez antes de cada uno de sus logros, y esa repetición habría servido como gimnasia emocional para tolerar los propios tropiezos en la escuela, en los vínculos y en los primeros trabajos.
- Los vínculos pesan más que el talento: la historia repite hasta el cansancio que nadie se salva solo, y que reconocer al otro como sostén es una de las marcas más fuertes que dejó la serie en quienes la miramos durante la infancia.
A mí lo que más me interesa de todo esto —y se lo escuché decir a una amiga mientras tomábamos algo a la salida del cine, antes de que empezara a rodar la peli— es que el estudio viene a ponerle nombre a algo que muchos de nosotros ya intuíamos. Porque cuando uno repasa su propia historia y se da cuenta de que cada vez que algo se caía buscaba una manera de pararse, termina entendiendo que hubo una serie de dibujitos, repetida capítulo tras capítulo, que nos pasó por encima con la suavidad de lo cotidiano. «Dattebayo», decía él. Y nosotros, sin saber muy bien por qué, le creímos.
