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Martes, 13 de octubre de 2026
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Pipa, el balneario brasileño de once playas que los surfistas descubrieron en los años ochenta

En el estado de Río Grande del Norte, sobre la costa noreste de Brasil, Pipa concentra once playas con perfiles distintos: olas fuertes, pozas naturales, avistamiento de delfines y dunas extensas al cruzar el río. El acceso desde Buenos Aires es directo a Natal y el viaje hasta el pueblo insume alrededor de una hora y media en auto.

Por Alfredo CabralRío y ambiente · · hace 28 d
Pipa, el balneario brasileño de once playas que los surfistas descubrieron en los años ochenta

Antes de escribir sobre Pipa vale la pena detenerse un momento en lo que cuenta su nombre, porque es la primera pista de que este no es un balneario cualquiera del litoral brasileño sino un pueblo con una historia silenciosa que se fue escribiendo a lo largo de varios siglos, tal como me lo describió con paciencia un viejo baqueano de la zona llamado Seu Joaquim, que conoce cada recoveco de estas costas desde que era niño y sigue saliendo a pescar casi todas las madrugadas, como lo hicieron antes su padre y su abuelo.

Los portugueses que llegaron a esta costa en el siglo XVII vieron desde el mar un acantilado con forma curva que les recordó a los barriles de madera que transportaban en sus barcos y, según me explicó el propio Seu Joaquim mientras tomábamos un café bien cargado en uno de los bares de la avenida principal, en portugués de Portugal pipa significa exactamente eso: barril, y con los siglos la palabra quedó como nombre del pueblo, primero como referencia entre los marineros y después ya convertida en identidad de toda una comunidad que vive mirando al Atlántico.

De pueblo de pescadores a destino de surfistas

Durante décadas Pipa fue territorio casi exclusivo de pescadores y recién en los años ochenta la descubrieron los surfistas, el rumor se extendió de boca en boca entre quienes buscaban olas menos congestionadas que las de otros puntos del nordeste brasileño y el lugar comenzó a crecer sin perder del todo la escala humana que lo distingue hoy de otros destinos de playa del Brasil, algo que los propios habitantes suelen repetir con una mezcla de orgullo y de cautela, porque saben que el crecimiento trae aparejado el riesgo de que se pierda aquello que justamente atrajo a los primeros visitantes.

Once playas con perfiles distintos

  • Praia do Amor: la más fotografiada, debe su nombre a la silueta de corazón que dibuja vista desde lo alto del acantilado, tiene un oleaje más intenso que en el resto y es la preferida de quienes surfean; se llega por una escalera tallada en la roca durante la marea alta o caminando por la arena cuando el mar se retira.
  • Praia do Centro: la versión más calma, con aguas tranquilas, pozas naturales que aparecen con la bajante y una hilera de barcos de pescadores que siguen trabajando junto a los turistas.
  • Baía dos Golfinhos: allí los delfines se acercan a comer cerca de la orilla y se pueden ver sin excursión ni guía, lo que la convierte en una de las postales más buscadas del recorrido.

Al cruzar el río: dunas, cajuais y playas poco conocidas

Para quienes se animan a moverse un poco más, cruzar en balsa hacia Tibau do Sul abre otro paisaje bien distinto, con dunas extensas, cajueiros entre los médanos y playas de nombres poco conocidos como Malembá, Barreta y Camurupim, un recorrido que Seu Joaquim recomienda hacer sin apuro y con el ánimo de dejarse llevar por el ritmo del lugar. El paseo en buggy por ese litoral cuesta desde 85 dólares por vehículo, hasta cuatro personas, y puede extenderse a versiones de día completo por alrededor de 110 dólares, mientras que el ferry suma unos 2 dólares por persona, según los valores que manejan los prestadores de la zona en la actualidad.

La gastronomía potiguar y los precios del alojamiento

La gastronomía local tiene su propio ritmo y conviene entenderlo antes de sentarse a buscar un restaurante, porque la mayoría de los locales abre recién a media tarde, reservando la mañana para el mar, y la avenida Baía dos Golfinhos se convierte entonces en mesas al aire libre y música en vivo, un hábito que al principio puede descolgar al visitante argentino acostumbrado a almorzar al mediodía pero que termina formando parte del encanto del lugar, según me confesaron varios turistas con los que compartí mesa en uno de esos atardeceres sobre la arena.

El plato de referencia de la cocina potiguar, como se llama a la del Río Grande del Norte, es la moqueca, un guiso de pescado que se cocina lentamente con leche de coco, aceite de palma, cebolla, tomate y cilantro, y que en Pipa se sirve en distintas versiones según la casa que lo prepare, siempre acompañado por arroz blanco y una farofa bien dorada que le aporta el toque final. En cuanto a los alojamientos, los precios van de los 50 dólares la noche en las opciones más sencillas hasta los 400 en temporada alta, un rango amplio que permite planificar el viaje tanto para quienes buscan economizar como para los que prefieren darse algún que otro gusto frente al mar.

En definitiva, Pipa ofrece una combinación poco habitual en el litoral brasileño: la tranquilidad de un pueblo que todavía conserva su ritmo de pesca, la energía de un destino de surf consolidado y una variedad de playas que permite cambiar de paisaje casi todos los días sin alejarse demasiado, lo que la convierte en una alternativa atractiva para el viajero argentino que llega vía Natal y que está dispuesto a tomarse esa hora y media de viaje para encontrarse con un lugar donde, como me dijo Seu Joaquim despidiéndose en el muelle mientras las primeras lanchas salían para la faena, todavía se puede escuchar el silencio entre ola y ola.

AC
Alfredo CabralRío y ambiente

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