Seis pizzerías con mostrador, fainá de regalo y porciones que arrancan en tres mil quinientos pesos
Un recorrido por San Telmo, Barracas, Boedo, Villa Crespo y Barrio Norte para entender cómo se come pizza al paso en la Ciudad de Buenos Aires: precios, modalidades de atención, descuentos en efectivo y el clásico acompañamiento que varios locales siguen regalando.
Vuelvo una vez más a recorrer mostradores de la ciudad, y esta vez lo hago con una obsesión muy concreta: entender cuánto sale hoy comer una porción de pizza parada frente a una barra de mármol, en esos locales donde el horno a la vista marca el pulso del barrio. La recorrida me llevó por seis pizzerías con varios años encima, repartidas entre San Telmo, Barracas, Boedo, Villa Crespo, Villa Ortúzar y Barrio Norte, y la conclusión principal es que la unidad mínima de compra — esa porción que se paga en el mostrador y se come de pie, a veces sobre un plato de cartón — arranca en los tres mil quinientos pesos, aunque el rango se estira bastante según el sabor, la zona y la forma de pago. La pizza al corte se convirtió, en los hechos, en una especie de menú ejecutivo de la calle: rápida, caliente y con la posibilidad de elegir entre muzzarella, fugazzeta, napolitana, anchoas o una pizza a la piedra recién salida del horno.
Dos locales para empezar con la billetera en calma
En el primer escalón de precios aparecen Pirilo y El Padrino, dos referencias históricas que sostienen la idea de que comer pizza al paso no necesita ser un evento financiero. Pirilo funciona en Defensa 821, pleno San Telmo, desde mil novecientos treinta y dos, y exhibe con orgullo una carta que empieza en los tres mil quinientos pesos por porción: muzzarella, anchoas, fugazza con o sin queso, y hasta fainá para quien quiera sumar un clásico acompañamiento. El local no tiene mesas ni sillas — la comida se consume junto a una barra de mármol, con el horno a leña como fondo de escena y los pedidos pasando de mano en mano — y esa austeridad es parte de su identidad, casi una declaración de principios: aquí se viene a comer, no a quedarse.
El Padrino, en Honorio Pueyrredón mil setecientos diez, Villa Crespo, completa la foto inicial con un detalle que lo vuelve muy querido por la clientela del barrio: cobra tres mil quinientos la muzzarella de porción y cinco mil quinientos la fugazzeta con jamón, y con cada pedido — sea porción o pizza entera — entrega un trocito de fainá, que puede ser simple, picante o de cancha. Abierto en mil novecientos setenta y ocho, también se sostiene sobre la idea del consumo de pie y del mostrador como único escenario, una fórmula que permite mantener los precios en un rango razonable sin resignar calidad. Lo resumo así: en ambos casos se puede almorzar o cenar sin que la cuenta se descontrole, y eso, en una ciudad donde comer afuera se volvió cada vez más caro, es prácticamente una noticia.
Fugazzeta rellena: dos referencias, dos universos
Para quienes van detrás de la fugazzeta rellena, la oferta se bifurca en dos referencias bien distintas, casi antagónicas, y la diferencia de precio justifica una visita a cada una. En La Mezzetta, ubicada en avenida Álvarez Thomas mil trescientos veintiuno, Villa Ortúzar, la porción se paga a cuatro mil quinientos pesos. El establecimiento funciona desde mil novecientos treinta y nueve — es decir, tiene más años que muchos barrios tal como los conocemos hoy — y conserva la modalidad sin sillas, con un mostrador clásico y una propuesta que se completa con pizzas precocidas para llevar, ideales para resolver una cena en casa sin pasar por el horno.
Del otro lado aparece Antonito, en la esquina de Carlos Calvo y avenida La Plata, Boedo, donde la fugazzeta rellena sale siete mil pesos. La muzzarella, en tanto, cuesta cuatro mil, y tanto la napolitana como la de verdura con salsa blanca se ubican en los seis mil. Para alivianar la cuenta, el pago en efectivo tiene un descuento del diez por ciento, un detalle que, en un contexto de inflación persistente, no es menor. Además, hay una historia detrás: tras haber cerrado sus puertas, el negocio reabrió este año con la conducción del cocinero Leonardo Díaz y su socio Christian, lo que convierte a cada porción en algo más que comida — es la continuidad de un legado barrial que se resistió a desaparecer.
La elección entre masa fina y pizza al molde aparece con mucha claridad en Los Campeones, fundado en mil novecientos cincuenta y cuatro y situado en avenida Montes de Oca ochocientos cincuenta y seis, Barracas. Su especialidad declarada es la pizza a la piedra, aunque también prepara la versión al molde para no dejar afuera a los clientes más tradicionalistas. La muzzarella vale cuatro mil quinientos y la fugazzeta, cinco mil quinientos. Desde el local señalan que el mayor movimiento de venta por porción ocurre entre las doce y las quince, una franja horaria que confirma que la pizza al corte es, en buena medida, un almuerzo de oficina y de transeúntes que resuelven la comida del día en un par de paradas.
El Cuartito completa las opciones en Talcahuano novecientos treinta y siete, Barrio Norte. Inaugurado en mil novecientos treinta y cuatro y administrado por la tercera generación familiar, permite elegir entre mostrador y salón, una rareza en este tipo de relevamiento, donde la mayoría de los locales se aferra al mostrador como única forma de atención. Sus precios rondan los cuatro mil ochocientos para la muzzarella y los seis mil para la napolitana, y se ubican apenas por encima del promedio del circuito, un plus que muchos lectores estarán dispuestos a pagar por la posibilidad de sentarse a la mesa como en cualquier pizzería tradicional. La recorrida, en conjunto, deja una sensación reconfortante: todavía existen en Buenos Aires lugares donde la pizza es accesible, rápida y absolutamente porteña. Habrá que ver cómo evolucionan estos precios en las próximas semanas, pero por ahora — y eso vale como una pequeña buena noticia — comer una porción parada en un mostrador sigue siendo un lujo al alcance de casi cualquier bolsillo.
