Sergio se queda: cuando quedarse es la forma más honesta de no entender nada
La película de Tomás Gutiérrez Alea cruza la intimidad de un escritor habituado a lo cómodo con los sacudones de la Revolución Cubana, y de paso repasa qué fue eso que alguna vez llamamos Tercer Cine.
A mí me gusta llegar a la sala cuando todavía hay gente acomodándose en la butaca, y esa noche no fue la excepción: alcancé a escuchar a una señora, ya entrada en años, que le decía a su acompañante mientras guardaba el tapado en el regazo "yo a este lo entiendo, se queda porque no le queda otra". Esa imagen me quedó dando vueltas mientras volvía a ver "Memorias del subdesarrollo", la película escrita y dirigida por el cubano Tomás Gutiérrez Alea, y creo que esa señora sin querer había tocado la tecla justa de un personaje que durante décadas se convirtió en una especie de espejo incómodo para discutir qué significa permanecer cuando todo a tu alrededor se transforma.
El arranque es bien concreto y a la vez bien turbio: Sergio, un escritor acostumbrado a una vida cómoda, decide quedarse en Cuba cuando su familia se va a Miami, y esa decisión, lejos de leerse como gesto político o como heroicidad revolucionaria, aparece teñida de algo mucho más mundano, del cansancio, del hastío, de esa sensación que muchos conocemos de no tener ganas de armar valijas ni de empezar de nuevo en otro lado. Esa falta de convicción política que el propio personaje reconoce en voz alta es, a mi modo de ver, lo que vuelve a Sergio tan interesante y tan molesto al mismo tiempo, porque su permanencia no es un acto de fe ni una militancia sino casi una forma de inmovilidad existencial frente a un país que se mueve a toda velocidad.
Amor, clase y la costumbre de querer moldear al otro
Mientras la Revolución avanza y el mundo se reconfigura a su alrededor, Sergio no se queda quieto en el plano sentimental: todo lo contrario, establece vínculos con mujeres más jóvenes en los que se cuela una dinámica bastante incómoda, esa tendencia a intentar moldear a la otra persona, a adaptar a sus parejas a sus propios gustos, a intervenir en la formación intelectual y hasta en la apariencia de ellas. Esas relaciones funcionan en la película como una prolongación íntima de las diferencias de clase que el relato pone en primer plano, y a mí me parece que ahí está una de las claves más lúcidas de Alea: mostrar que las asimetrías sociales no se discuten únicamente en los discursos públicos sobre la revolución, sino que también se reproducen, y a veces con mucha más crudeza, en la cama, en la mesa, en la manera en que uno le habla al otro.
Cuando el noticiero se cuela en la ficción
Lo que vuelve a "Memorias del subdesarrollo" una experiencia tan particular es que el relato no avanza de manera lineal, sino que Alea recurre a saltos al pasado y suma imágenes de noticiarios que registran hechos reales, entre ellos nada menos que la Crisis de los Misiles. Esa decisión es de libre arrepentido porque le aporta al filme una densidad histórica que de otro modo no tendría, y porque además obliga al espectador a medir la experiencia chiquita e íntima de Sergio contra acontecimientos que lo exceden por completo, que son del universo entero, y ese contraste es, a mi entender, el corazón político y estético de la propuesta. Como le escuché decir a un chico joven a la salida, mientras esperaba el colectivo en la vereda: "es como si el país le pasara por encima al personaje". Esa combinación, justamente, es la que permite inscribir la película dentro del Tercer Cine, esa corriente con fuerte presencia en América Latina que durante los sesenta y los setenta buscó otras formas de producción y de narración frente al modelo comercial de Hollywood y también frente al cine de autor europeo, y que reunió búsquedas estéticas con un interés muy concreto por los conflictos sociales y políticos de la región. El acceso a cámaras y a celuloide más baratos fue, en ese sentido, una condición material que favoreció la libertad económica y creativa de esos realizadores, y dentro de ese movimiento el cine cubano tuvo una participación destacada, de la que "Memorias del subdesarrollo" es una de las piezas más revisitadas.
- Un drama personal: la decisión de Sergio de quedarse en Cuba sin una militancia que la justifique, atravesada por el hastío y la incomodidad de clase.
- Relaciones íntimas como espejo social: los vínculos sentimentales del protagonista exponen asimetrías que se replican dentro y fuera de la política.
- Material documental incorporado: imágenes de noticiarios y hechos reales, entre ellos la Crisis de los Misiles, conviven con los saltos al pasado del personaje.
- Estructura no lineal: el recuerdo y la actualidad se alternan para ampliar la perspectiva más allá de la vida privada del escritor.
- Una película inscripta en el Tercer Cine: búsqueda estética e interés por los conflictos sociales y políticos de América Latina, con el cine cubano como caso destacado.
La ficha, entonces, termina de armarse con esos tres registros que se cruzan todo el tiempo: un drama íntimo con un personaje que no termina de entenderse a sí mismo, recursos documentales que le ponen al relato una dimensión colectiva que lo excede, y una estructura de recuerdos que funciona como una manera de ampliar la perspectiva del protagonista sin necesidad de explicarla demasiado. Y a mí me queda, sobre todo, una pregunta que me parece de las más interesantes que les podemos hacer al cine de ficción en general, y que es la que dejó flotando aquel muchacho del colectivo en la puerta del cine: ¿qué les aporta a las películas de ficción la incorporación de imágenes de hechos reales, qué gana el relato cuando el archivo y la invención se dan la mano, y hasta qué punto esa mezcla nos obliga a repensar, también nosotros, la diferencia entre lo que vivimos y lo que miramos?
