Una concha con zapatillas, una abuela con achaques y un documentalista que cambió todo
Dean Fleischer Camp convirtió los cortometrajes que creó con Jenny Slate en una película entrañable, hecha con stop motion y falso documental, donde Marcel sale a buscar a su familia en un mundo enorme para una criatura tan chiquita.
A la salida del estreno, una señora de unos cincuenta y tantos me dijo, mientras se acomodaba el saco: "Pobre criatura, yo no la aguantaba sola con la abuela, me moría". Y ahí me cayó la ficha de que la película de Dean Fleischer Camp tiene esa cosa que te agarra desprevenido, porque arranca con una conchita con zapatillas que se llama Marcel y vive con su abuela Connie en una casa que para ella es enorme, y de golpe te das cuenta de que lo que estabas mirando no era un dibujito animado simpático sino un reflejo bastante fino de cómo se siente alguien que perdió a los suyos y se aferra a quien le queda para no quedarse a oscuras.
Yo entré a la sala sin saber bien con qué me iba a encontrar y salí con la sensación de que había visto algo más parecido a un cortometraje de esos que pasan en un festival de cine independiente que a una producción animada tradicional, porque la película trabaja con el formato de falso documental y muestra a Dean, un documentalista que se mete en la casa y empieza a registrar la vida cotidiana de Marcel casi por accidente, hasta que esas grabaciones se vuelven virales y abren una posibilidad que la criatura no tenía: la de encontrar a su comunidad desaparecida.
Una casa gigante vista desde abajo
Lo que más me sorprendió es la escala. Para Marcel, una habitación común y corriente es un mundo entero por recorrer, y por eso tareas tan simples como preparar algo para comer o atender el jardín se vuelven pequeños desafíos que él resuelve con ingenio, usando los objetos de todos los días como si fueran herramientas de una expedición. Esa elección visual, producto del trabajo en stop motion, te hace entender desde el cuerpo lo que significa ser una criatura chiquita en un entorno pensado para gente mucho más grande, y al mismo tiempo te corre la mirada hacia lo que cada uno da por sentado en su propia casa.
La convivencia con Connie es el corazón de la película y el lugar donde aparecen los temas más grandes, aunque la historia los trate sin solemnidad: el envejecimiento, el cuidado, el miedo a perder a un ser querido y la necesidad de no quedarse solo. La relación entre Marcel y su abuela tiene esa mezcla de ternura y de preocupación que aparece en muchas familias reales, y por eso el espectador de cuarenta, cincuenta, sesenta años se siente interpelado, porque probablemente vio a sus propios padres o a sus propios abuelos en ese vínculo que se apoya en la rutina pero también en la fragilidad.
El humor como puerta de entrada
- La mezcla de falso documental y animación stop motion le da a la película un tono artesanal, casi hogareño, que te hace olvidar que los personajes son objetos.
- Los videos caseros que graba Dean funcionan como motor de la historia: lo que empezó como un registro íntimo termina dándole a Marcel una visibilidad que antes no tenía.
- El humor está al servicio de los temas sensibles, no los desplaza, y por eso la película puede hablar de soledad y de pérdida sin caer en un dramatismo excesivo.
- La escala mínima del protagonista vuelve enorme lo cotidiano y le devuelve al espectador la mirada sobre las pequeñas tareas del día a día.
Me quedé dando vueltas con una frase que dice Marcel en un momento de la película, algo así como "a veces las cosas más importantes son las más chiquitas", y me parece que resume bastante bien lo que el director quiso poner en pantalla: que las búsquedas grandes, las que tienen que ver con la familia, con el origen, con el lugar al que pertenecemos, muchas veces empiezan en una cocina, en un sillón, en una silla con la abuela al lado. La película dura poco más de una hora y media, lo justo para entrar en la vida de Marcel, reírse con sus aventuras mínimas y emocionarse con un final que no voy a spoilear pero que a mí, te confieso, me dejó con los ojos húmedos y con ganas de llamar a mi vieja en cuanto salí del cine.
Y mientras caminaba hacia la parada del colectivo, escuché a un pibe que le decía a su amiga: "No sabía que una concha me iba a hacer llorar así". Y la verdad que tampoco yo, pero acá estamos, recomendándola, porque es de esas películas que te reconcilian un poco con la idea de que en la animación se pueden contar historias para gente grande sin necesidad de abandonar la delicadeza ni el humor.
