Una huella minera perdida entre la arena del río La Laja y las montañas de la Precordillera sanjuanina
Una travesía 4x4 guiada por Verónica Romaña combinó la Ruta 40, caminos de ripio y el cauce seco del río La Laja para llegar, tras una caminata final, al antiguo campamento conocido como Virginia II, un sitio sin señalización turística que conserva restos del trabajo subterráneo y mantiene zonas sin identificar con precisión.
La altura del río en el puerto de San Juan sigue siendo baja y la tendencia, por estas semanas, no muestra señales de recuperación, así que el cauce del La Laja se presenta como una larga cinta de arena y piedra que invita, otra vez, a meterse con pickups y paciencia hasta donde la huella aguante. En esa franja seca de la Precordillera, entre Talacasto y Mogna, una caravana de camionetas 4x4 al mando de la guía Verónica Romaña, referente de Mainumby4x4, salió a buscar un campamento minero que los vecinos conocen como Virginia II y al que solamente se llega caminando los últimos metros, entre montañas, con el motor apagado y la vista puesta en el ripio.
El punto de partida fue la capital sanjuanina, tomando la Ruta 40 hacia el norte para luego empalmar con la antigua traza de ripio que conduce a Mogna, un camino que ya de por sí marca el pulso de la travesía porque la huella se angosta, el polvo se levanta y los badenes empiezan a pedir que se baje la velocidad antes de cada badina. Más adelante, los vehículos dejaron el camino y entraron directamente sobre el lecho seco del río La Laja, donde la arena blanda y las piedras sueltas transforman el avance en una prueba de lectura de terreno, con huellas que se bifurcan y pasos en los que hay que detenerse, bajar y mirar antes de decidir por dónde meter las cubiertas.
El último tramo, a pie, entre chapas y galerías
Cuando la quebrada se cierra y ya no se puede seguir rodando, las camionetas quedan estacionadas y empieza la caminata final por un sendero en zigzag que va ganando altura hasta asomarse a las construcciones abandonadas del campamento. Lo que aparece es un cuadro detenido en el tiempo: paredes derrumbadas, piques parcialmente cubiertos por material de derrumbe, chapas dobladas, hierros oxidados, tambores metálicos y, dispersos entre los restos, cascos, guantes y prendas que todavía conservan la forma de quienes trabajaron allí adentro.
Adentro de las galerías, en los pocos metros que la recorrida se animó a penetrar, se ven rieles tendidos en el suelo, recipientes preparados para trasladar el mineral, utensilios de cocina olvidados en los rincones, bolsas que habían contenido explosivos y los cables que se utilizaban para las detonaciones, un conjunto de objetos que no integra ninguna exposición armada, sino que quedó tal como lo dejaron las sucesivas vueltas de la actividad y del olvido.
- Estructuras deterioradas, chapas y tambores metálicos al aire libre.
- Cascos, guantes y prendas de trabajo dispersos entre los restos.
- Rieles y recipientes para trasladar mineral dentro de las galerías.
- Bolsas que contuvieron explosivos y cables usados en detonaciones.
- Utensilios de cocina y elementos de la vida cotidiana del campamento.
Virginia II, un nombre que todavía no se puede confirmar
Sobre la identificación del yacimiento sobrevuela un margen de duda que la propia recorrida se encarga de poner sobre la mesa: los lugareños lo llaman Virginia II y con ese nombre se lo transmite de boca en boca, pero la documentación pública a la que se pudo acceder no termina de cerrar esa denominación de manera concluyente, y tampoco aparecen precisados datos clave como el año de inicio de la explotación, el año de cierre, la cantidad de trabajadores que llegó a tener o el mineral que se extraía de esas vetas, vacíos que dejan a la historia del lugar a medio escribir y a la señalización, simplemente, fuera de cualquier mapa turístico.
“Acá no vienes a mirar una muestra, venís a pisar lo que quedó, y eso te obliga a leer cada pared y cada galería con cuidado.”Verónica Romaña, guía de Mainumby4x4
La jornada se completó con una parada en la Ramada de Carrascosa, un sitio asociado a la devoción por Santa Bárbara que se convirtió en el cierre espiritual de la salida, un punto donde la huella minera y la huella de fe se cruzan en el mismo paisaje precordillerano y donde la caravana, ya de regreso, empezó a pensar en lo que viene aguas abajo en los próximos días, cuando el río La Laja vuelva a mover arena y piedra y los que salieron a conocer esta esquina de San Juan tengan que decidir si vuelven a entrar con la misma guía o si le dejan el rastro, otra vez, a los baqueanos de siempre.
