Margay, una reserva de selva y agua a orillas del arroyo Paraíso, espera al viajero con cabañas, kayak y un vivero que repuebla la frontera verde de Misiones
A 40 kilómetros de El Soberbio y 290 de Iguazú, la reserva privada combina caminatas por la selva paranaense, navegación tranquila y un proyecto que produce hasta 200.000 plantines por año; la estadía ideal es de dos a tres días entre febrero y marzo.
Vine a Margay siguiendo una recomendación que me hicieron en Posadas, y la primera impresión, cuando el camino de tierra termina frente al arroyo Paraíso, es que uno deja de apurarse. El agua baja transparente, hay mariposas grandes como monedas de dos pesos cruzando el deck y, sobre todo, hay tiempo. El río Uruguay pasa a pocos kilómetros, en El Soberbio, pero acá la cadencia la marca el arroyo. Esa pausa, esa manera de dejarse llevar por el verde, es probablemente la materia prima de todo lo que la reserva ofrece al visitante que llega desde Buenos Aires, desde Córdoba o desde cualquier punto del país.
Margay es una reserva privada de 65 hectáreas ubicada a unos 40 kilómetros de El Soberbio y a 290 de Iguazú, dentro del área de amortiguación de la Reserva de Biosfera Yabotí, que protege 253.000 hectáreas de selva paranaense. La propuesta turística se pensó para quedarse, no para pasar: la recomendación explícita de los guías es dedicar entre dos y tres días, y los meses ideales son febrero y marzo, cuando el calor invita a meterse en el agua y la selva todavía conserva la humedad del verano. Desde el lodge, además, se puede combinar la visita con los Saltos de Moconá, otra de las joyas naturales del corredor norte de Misiones.
Cuatro cabañas sobre el agua y un fogón que cuenta historias
El alojamiento se reduce a cuatro cabañas dispuestas sobre la ribera del arroyo Paraíso, rodeadas de vegetación nativa. Cada unidad cuenta con un deck de madera que se asoma sobre el curso de agua, donde los visitantes desayunan y meriendan mirando pasar las hojas que arrastra la corriente. La propuesta gastronómica se apoya en preparaciones frescas y orgánicas con identidad misionera, y de noche la actividad gira alrededor del fogón: allí, los guías comparten relatos sobre la cultura guaraní mientras se cocina pescado envuelto en hojas de banano, una escena que se repite como ritual de bienvenida.
Antes de llegar me habían contado que el lodge atendía sólo a quienes reservaban con tiempo, y la explicación se entiende al ver la escala: cuatro cabañas, atención personalizada, senderos que se recorren a pie o en kayak. Nada de multitudes. Esa es justamente la idea, preservar la sensación de aislamiento que la selva todavía ofrece en esta franja de Misiones, donde el Uruguay marca frontera con Brasil y la frontera verde se vuelve, también, frontera cultural.
Caminatas, kayak y un vivero que repuebla la selva
- Senderos autoguiados por el monte, para caminar a propio ritmo entre árboles y arroyos secundarios.
- Caminatas guiadas con un guía profesional que identifica plantas y animales del sotobosque.
- Recorridos en kayak por el arroyo Paraíso, una forma silenciosa de acercarse a la fauna.
- Visita al vivero Kawsay, donde se producen especies nativas para restaurar ambientes degradados y el arbolado urbano.
- Encuentros nocturnos junto al fogón, con relatos guaraníes y cocina a las brasas.
De todas las propuestas, la visita al vivero Kawsay es la que más me llamó la atención por su escala. El lugar genera entre 100.000 y 200.000 plantines por año, una cifra que cuesta dimensionar cuando uno camina entre las bandejas y ve crecer los renovales. El objetivo del vivero es doble: por un lado, recuperar superficies de selva degradadas por actividades productivas e incendios, en el marco del proyecto M2 x Naturaleza; por el otro, abastecer de árboles nativos al arbolado urbano de la región. Allí se reproducen especies como el palo amargo y otras propias del bosque paranaense, mientras cámaras trampa instaladas en la reserva relevan la fauna para reducir la presión de caza furtiva.
El trabajo ambiental no se agota en el vivero: dentro de Margay se ensayan sistemas agrícolas que integran cultivos y árboles nativos, una manera de demostrar que la producción y la restauración pueden convivir en la misma chacra. Esa mirada, que combina turismo, conservación y producción, es la que diferencia a Margay de otros alojamientos de la zona y la que explica por qué los guías insisten con los dos o tres días de estadía. Un día no alcanza; hay que caminar, remar, conversar en el fogón y volver al vivero para entender la lógica del proyecto.
Qué llevar en la mochila
- Muda de ropa para mojarse, ya sea por el kayak, la lluvia o el rocío del monte.
- Calzado de trekking con buen agarre y pantalón largo para las caminatas.
- Camisa de manga larga, sombrero y anteojos de sol para protegerse del sol y de los mosquitos.
- Repelente y protector solar, fundamentales en verano.
- Abrigo para la noche: aún en febrero y marzo, el descenso de temperatura en la selva es notorio.
Cuando me despedí del arroyo Paraíso, un baqueano que me acompañó en la última caminata me dijo algo que se me quedó grabado: que la frontera verde no se defiende sólo con leyes, sino con visitantes que se llevan en la cabeza la imagen de un plantín recién nacido en el vivero. Me pareció una síntesis perfecta de lo que propone Margay. Mientras el Uruguay sigue corriendo hacia el sur y las próximas semanas traerán más lluvias al norte misionero, la reserva espera al próximo viajero con sus cuatro cabañas abiertas sobre el agua, sus senderos húmedos y su vivero produciendo, en silencio, los árboles del mañana.
