Sangre azul, mucamas y un crimen: la comedia inglesa que se ríe de los aristócratas
Estrenada en salas argentinas, la película «Fackham Hall» llega con sello británico, elenco joven y el humor filoso de Jimmy Carr como guionista. Una sátira de época para desarmar los modos de la nobleza.
A la salida de la función, una señora de pañuelo al cuello me dijo, todavía con la risa a medio terminar: «Mire, yo vi toda la serie de Downton y esta peli es como si le hubiesen dado vuelta el saco». La frase me quedó dando vueltas mientras caminaba hacia la parada del colectivo, porque esa es exactamente la sensación que deja «Fackham Hall», traducida al mercado hispanohablante como «Un muerto a la hora del té»: uno reconoce cada mueble, cada tintineo de copa y cada modales tiesos del drama de época inglés, pero todo está corrido unos centímetros hacia el ridículo. Y en ese corrimiento, la película se vuelve irresistible.
La historia arranca con una boda que se cae a último momento y arrastra consigo los planes de los Davenport, una familia aristocrática que venía resolviendo su futuro a base de acuerdos matrimoniales, como si fuerantrueques de campos en la mesa del comedor. Cuando el casamiento de Poppy con su primo Archibald se frustra, las expectativas de la parentela se vuelcan sobre la hermana menor, Rose, que es justamente la que menos ganas tiene de casarse con quien le imponen. Ese enredo inicial, que parece sacado de cualquier folletín victoriano, es apenas la puerta de entrada a un mecanismo de relojería cómica que no para de sumar enredos hasta el último minuto.
Un servicio completo, con carterista incluido
Lo que me terminó de ganar fue ver cómo la película cruza el romance con la jerarquía social, que es el verdadero motor de la historia. Rose se enamora de Eric Noone, un pibe de la calle que llega a la mansión a entregar una carta y termina contratado como parte del personal. La carta, claro, nunca se entrega, pero el romance se desata igual, en contra de todas las reglas no escritas de la casa. La pareja tiene que sobrevivir no solo a los chismes del servicio, sino a una investigación policial que se lleva adelante en los mismos pasillos, con un detective que se la pasa imitando a Hércules Poirot con bigotes y manías incluidas. Esa mezcla de pesquisa, amores cruzados y combate de clases es la fórmula a la que apuesta la película, y la verdad es que funciona.
- Dirección: Jim O'Hanlon, responsable de la adaptación de «Emma» de 2009, pone la cámara al servicio del gag sin perder la elegancia de los escenarios.
- Guion con firma pesada: el comediante Jimmy Carr participa del equipo de guionistas y se nota el pulso del stand up en los juegos de palabras y en la comedia física.
- Elenco encabezado por Thomasin McKenzie como Rose, Ben Radcliffe como el carterista Eric Noone, Emma Laird como Poppy y Tom Felton como el prometido Archibald.
- El detective Watt, interpretado por Tom Goodman-Hill, se construye como una caricatura deliberada de Hércules Poirot, el personaje de Agatha Christie.
- La ambientación respeta los códigos visuales de los dramas de época, con mansiones, uniformes y vajilla de plata, mientras el humor los lleva al terreno del absurdo.
“Es como si a Downton Abbey le metieran un guion de vodevil moderno y lo dejaran reírse de sus propios modales.”Espectadora, a la salida de la sala
El elenco, casi todo joven, sostiene el ritmo con una energía que contagia. Thomasin McKenzie le pone los ojos enormes a una Rose que se debate entre el deber y el deseo, Ben Radcliffe compone a un Eric que combina picardía de calle con una torpeza física que es puro slapstick, y Tom Felton se anima a caricaturizar al aristócrata estirado sin caer en la sobreactuación. Emma Laird, como Poppy, se banca el arranque de la trama con una presencia que se nota cada vez que aparece en cuadro. A su lado, Tom Goodman-Hill se roba las escenas del detective con un timing cómico admirable, sobre todo cuando se larga a deducir cosas frente a una familia que apenas le presta atención. Todos ellos, con el peso específico de una producción de 97 minutos, consiguen que la película avance a paso firme sin perder el aire de farsa que pide el género.
Entre los blancos de la parodia aparecen temas que suelen quedar tapados bajo la alfombra de los dramas de época: los casamientos arreglados entre parientes, la obsesión por mantener el patrimonio dentro del mismo apellido, la distancia infranqueable entre el señorío y la servidumbre. La película los pone sobre la mesa con ironía pero sin crueldad, y deja que sea la risa del espectador la que termine de ajustarle las clavijas a esos privilegios. No hay una denuncia explícita ni un panfleto, hay algo más sutil: la sonrisa incómoda de quien reconoce un mundo que todavía resuena. Por eso «Un muerto a la hora del té» no es solo un pasatiempo inglés con diálogos de época: es una invitación a mirar de cerca, y con humor, las reglas no escritas que todavía organizan buena parte de nuestras vidas.
