Seis décadas de un clásico que no se fue nunca: Venecia, la heladería de Devoto que creció entre motores y tortas caseras
En Avenida San Martín 6877, los hermanos Analía y Adrián Santa María sostienen desde hace sesenta años una historia que combina producción artesanal, café y la presencia de tres generaciones bajo el mismo techo. El espumón de chocolate y el kilo a $25.000 conviven con sabores sin azúcar y una torta que viaja desde la cocina familiar hasta la vitrina.
Venecia cumplió sesenta años en Villa Devoto y lo hizo en el mismo local donde todo empezó, sin mudanzas, sin quiebres y con la misma filosofía de servir helado artesanal, café y tortas caseras a un barrio que la adoptó como propia. La dirección de siempre, Avenida San Martín 6877, sigue siendo el punto de encuentro para familias enteras que se acercan después del almuerzo o se detienen a media tarde para un café con una porción de algo dulce. El horario amplio, de 9 a 0.30 todos los días, acompaña esa rutina y la convierte en una rareza dentro del mapa porteño: un comercio que no cierra, que no descansa, que lleva seis décadas encendiendo sus máquinas sin interrupciones.
A seis décadas de su apertura, los hermanos Analía y Adrián Santa María siguen al frente del negocio, donde también trabaja la tercera generación. Detrás de cada uno hay una historia que se fue construyendo con esfuerzo, con pérdidas y con una decisión familiar que se repite generación tras generación: la de quedarse. Como me lo cuenta Analía mientras revisa una fuente de sambayón, el secreto de Venecia no fue nunca una receta extraordinaria sino la constancia de hacer todos los días lo que se sabe hacer, con los mismos criterios y la misma dedicación con que lo hicieron sus padres, Betty y Rubén, en aquella primavera de 1966.
Una carta clásica con guiños contemporáneos
La propuesta combina lo tradicional con incorporaciones que el paladar del barrio fue pidiendo con los años. La vedette sigue siendo el espumón de chocolate, una especialidad de textura mousse, liviana, que se derrite en la boca y deja ese gusto profundo a cacao que muchos clientes asocian con la infancia. Lo acompañan la crema rusa, los “venecianos” —chocolate, dulce de leche y crema de vainilla con nuez caramelizada— y los clásicos imbatibles: dulce de leche granizado y sambayón, los dos sabores más pedidos de la casa. Para quienes cuidan el azúcar, hay además una línea estable de cinco o seis opciones que se renueva periódicamente y que convive con novedades golosas como los sabores inspirados en caramelos y el ya instalado chocolate Dubai, esa moda que parece no tener fecha de vencimiento.
El precio del kilo está fijado en 25.000 pesos, un dato que no debe leerse fuera de contexto económico pero que sirve para dimensionar la propuesta: no se trata de un producto premium inalcanzable, sino de un artículo cotidiano, pensado para familias que hacen del helado un hábito y no un evento. La torta, en tanto, es territorio de Analía. Ella estudió pastelería, se formó con paciencia y construyó una carta de tortas caseras que cambia según la estación y la inspiración. Cada una se hace en el día, con la misma lógica que guía a los helados: producir al amanecer lo que se va a vender antes de que caiga la noche.
De empleados a dueños: la historia que empezó con pagos mensuales
La genealogía de Venecia se remonta a 1966, cuando los fundadores Eduardo Bernal y Eduardo Arzac abrieron las puertas en aquel local de Avenida San Martín. Rubén Enrique Santa María entró como empleado y con el tiempo se convirtió en el sostén del proyecto: cuando los socios se separaron, Rubén adquirió el negocio mediante pagos mensuales, una decisión que le cambió la vida y que también le cambió el carácter. Junto con su esposa, Beatriz Ofelia Fernández, conocida en el barrio como Betty, levantó la heladería con la misma tenacidad con que crió a sus hijos. Durante los primeros años, la vida familiar transcurría dentro del propio establecimiento: dormían en una habitación del fondo, junto a los motores de las máquinas, en una intimidad que mezclaba el hogar y el trabajo de una manera que hoy resulta impensable.
Cuando Rubén enfermó, Adrián, que por entonces tenía unos 17 o 18 años, se hizo cargo de la producción sin pensarlo dos veces. Fue una transición abrupta, de esas que no avisan, y que nonetheless define el carácter de un lugar: lo importante no era quién estaba al mando, sino que el barco siguiera andando. Tras la muerte de ambos padres, Analía y Adrián quedaron al frente del negocio, ya como socios plenos, y desde entonces no dejaron de producir ni un solo día. Hoy también trabaja Gianluca, nieto de Rubén y Betty, la tercera generación que aprende el oficio desde abajo, sabiendo que la heladería no es sólo un comercio: es una forma de estar en el mundo.
“Ahora recibimos a los nietos de quienes vinieron con sus hijos, y eso te dice que el barrio nos fue adoptando. Para mí, esa es la verdadera herencia: que la gente vuelva.”Adrián Santa María
Un reconocimiento que llega en el momento justo
En septiembre, la Asociación de Fabricantes Artesanales de Helados y Afines (AFADHYA) le otorgó a Venecia un reconocimiento por sus seis décadas de trayectoria, un gesto que los hermanos recibieron con la mezcla justa de emoción y prudencia que los caracteriza. No hubo grandes festejos ni un evento ampuloso: hubo, según cuentan, una reunión familiar, alguna torta extra en la vitrina y la satisfacción de saber que un trabajo de toda una vida fue visto por sus pares. Mientras tanto, la familia también abrió una sucursal cerca de la plaza de Devoto, un paso lógico para un comercio que conoce cada calle del barrio y que sabe dónde están las familias que siempre vuelven.
Cierro esta nota con una imagen que me quedó rondando: la de un mostrador donde tres generaciones aprendieron a medir ingredientes, a escuchar clientes, a levantarse temprano y a cerrar cuando el barrio ya duerme. En tiempos donde los negocios parecen efímeros y las familias a veces se desarman, Venecia es una rareza que vale la pena celebrar. Como me dijo un habitué de la esquina mientras se terminaba su cucurucho de sambayón, “mientras siga Venezia, sigue Devoto”. A veces las exageraciones de los vecinos dicen más que cualquier premio.
